UN CIERTO ACERCAMIENTO FORMAL

Adentrarse en la lectura de El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, es adentrarse en un vergel de interrogantes que podrían sintetizarse en dos: ¿qué estamos leyendo? y ¿qué pretende contarnos el escritor?

No es fácil dar respuesta a estos interrogantes, y menos cuando en gran medida la propia obra es un constante cuestionamiento de sí misma. Para intentarlo, y también en cierto modo para evitar spoiler mientras avanzamos en la lectura, comenzaremos buscando algunas claves más en la forma que en el contenido.

Antes siquiera de comenzar la lectura, nos encontramos con una fotografía en la cubierta del libro que nos muestra una escena familiar y rural, en cierto modo idílica, si no fuese porque lo más llamativo de la misma es que una de las figuras está silueteada, lo que genera cierta intriga (¿a quién corresponde esa silueta y por qué está “borrada”?). Sin comenzar la lectura se nos generan unas expectativas en torno a con qué tipo de obra nos vamos a enfrentar: ¿un relato costumbrista del mundo rural, una crónica familiar, una novela de suspense?

Según avancemos en la lectura descubriremos el por qué de esa fotografía y su importancia en la obra. Se trata de un recurso metaliterario (1) empleado por el autor (que aludirá a dicha fotografía en el texto), en este caso, el uso de parte del paratexto (2), para conformar la historia que nos quiere contar. No es el único elemento paratextual del que el autor se vale, así como tampoco es el único recurso metaliterario que utiliza a lo largo de la obra.

Una vez comenzamos la lectura, la primera frase impacta (“Han entrado en la casa de la Rosario, dice tu padre desde la habitación de al lado, han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás”), lo que nos reafirma la expectativa de una posible crónica negra o de un relato de suspense; también llama la atención el uso de la segunda persona por parte del narrador, algo no demasiado frecuente, y que narre en presente, como si los hechos aconteciesen a medida que leemos.

Apenas una par de páginas después, nos encontramos ante el inicio de otro capítulo: “Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”. Ahora nos encontramos con un narrador que trastoca la intriga generada en el capítulo anterior; la intriga continúa, pero cambia el foco: en vez de intrigarnos por el “qué pasó”, ahora nos intriga el “cómo pasó”. Ese narrador además habla en primera persona y en pasado, lo que genera nuevas preguntas: ¿Quién o quiénes cuentan la historia? Comenzamos a vislumbrar la estructura de la obra, pero comenzamos también a experimentar algo que será frecuente a lo largo de lectura: la fluctuación en torno a las expectativas y a las sensaciones del lector, que virarán desde la curiosidad y el morbo de la literatura negra y amarilla, hasta la compasión y el perdón ante la cara más hostil de la realidad, sin esquivar la rabia, la impotencia e incluso una cierta decepción.

Enseguida descubrimos que, aunque desdoblado (en el tiempo y en la narración), nos hallamos ante un único narrador que, a través de la recreación y la rememoración, trata de averiguar por qué y cómo fue posible que sucedieran aquellos hechos que tan de cerca le atañeron.

En otro de los recursos metaliterarios de los que se vale, el narrador nos hace saber que se identifica con el autor, es decir, que es el propio autor el que nos cuenta la historia a través del filtro del narrador. A lo largo del relato, entre otros asuntos, nos informará que ha estudiado historia del arte, que es profesor y que ha escrito con anterioridad dos novelas: Intento de escapada y el Instante de peligro. Si acudimos a otro elemento del paratexto, en donde se nos ofrecen los datos biográficos y literarios del autor, descubrimos que son datos reales, que el autor, Miguel Ángel Hernández, es profesor de historia del arte y que ha escrito con anterioridad dos novelas cuyos títulos corresponden a las que menciona en el relato. Quiere decir que nos encontramos ante una obra de carácter autobiográfico y que, por tanto, aquellos sucesos de los que habla sucedieron realmente, que no son producto de la imaginación.

¿Pero podemos estar seguros de que se trata de un “auténtico” relato autobiográfico? Si atendemos de nuevo al paratexto descubrimeros que la obra está publicada en la colección (Narrativas Hispánicas) de una editorial (Anagrama) que dedica dicha colección a la publicación de novelas escritas en castellano. ¿Estamos entonces ante una novela, ante una obra de ficción? Sin concluir la lectura no podemos estar seguros, a no ser que hagamos una “trampilla” y ampliemos por nuestra cuenta el paratexto. Así, en una entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural (4-5-2018), el autor explica:

“Yo lo único que tengo claro sobre mi libro es que es una novela, basada en hechos reales. Mi amigo mató a su hermana y se suicidó. Eso ocurrió. Eso me destrozó. Eso no es ficción. Ahora bien, el modo en que lo narro, la manera en la que reconstruyo lo sucedido, la trascripción de las conversaciones, lo que yo pienso acerca de ese hecho comprobable, ya está en el ámbito de la imaginación. Y, claro, escribir es inventar. Es decir, fingir. Y en ese caso, sí, todo es ficción.”

Nos encontramos, pues, ante una autoficción, ese género tan en boga en que el autor se vale de parte de su biografía para escribir ficciones en que lo escrito no sucedió exactamente como se narra.

Desde el principio llama la atención cómo se estructura la obra.

Por una parte, cómo, para contarnos la historia, el narrador/autor se desdobla en diferentes tiempos (pasado y presente), en diferentes voces (primera y segunda persona) y cambia además la forma de encarar el discurso y el lenguaje atendiendo a ese desdoblamiento.

Por otra, el relato se estructura en seis partes y un epílogo. Los títulos de las distintas partes sirven de guía de lo que, a un nivel de contenido, encontraremos en cada una de ellas; esas partes en sí implican una evolución, tanto de la historia como de los personajes.

A su vez, cada parte se divide en dos tipos de capítulos intercalados. Unos sin numerar, en los que paradójicamente el narrador, en presente y en segunda persona, con un estilo conciso de frases cortas y expresivas, recrea lo que sucedió aquellos días de la tragedia (es decir, el pasado), y otros numerados, narrados en primera persona y en pasado, donde el narrador, con frases más elaboradas y reflexivas, cuenta cómo avanza en sus investigaciones, cómo siente su vuelta a los escenarios del pasado y cómo influye el retorno del pasado a su presente.

No deja de resultar paradójica dicha estructura, subvirtiendo lo que podríamos considerar el modo “clásico” de contar una historia. ¿Por qué el pasado se cuenta en presente y el presente en pasado? ¿Por qué el narrador busca una mayor expresividad en ese pasado que en el presente en que se narra la historia? ¿Por qué unos capítulos van numerados y otros no? ¿Por qué en el ‘epílogo’ se trastoca la pauta apareciendo primero el capítulo en pasado y primera persona? ¿Qué pretende el autor con todo ello?

Probablemente hasta la conclusión de la lectura no podamos dar respuesta a estos interrogantes, pero lo que de momento nos muestra es que existe una manipulación de la historia por parte del autor, una manipulación manifiesta con la que trata de indicarnos algo. Quizá que la obra no es sino un artefacto, un artificio, una forma elaborada con unas técnicas y unos materiales concretos que dan como resultado una visión particular, la del autor, de la realidad que aconteció, una visión por tanto parcial, limitada y subjetiva de una realidad que por su inconmensurabilidad jamás puede reducirse a los límites del lenguaje y las palabras. De ahí esa cierta sensación de fracaso o de decepción que a veces asalta al lector durante la lectura, algo que incluso el narrador constata con sus palabras.

Sin embargo, resulta paradójico que sea en esa imposibilidad por atrapar lo real, que se hace evidente en el relato, en donde ese relato alcanza una mayor sensación de realidad, más que si se tratase de una historia contada al modo convencional en la que se simula contar todo y se trata de dar un significado cabal a todo lo contado. Lo que sucedió, como lo real en su conjunto, escapa a la comprensión humana y la novela, desde este punto de vista, refleja esa impotencia humana para llegar a aprehender la realidad en su totalidad; siempre hay algo que se nos escapa, la vida no es ese universo cerrado, perfecto y con sentido que pretende la novela tradicional.

A esa sensación de artefacto contribuye la introducción de fotografías en el texto, así como la trascripción literal de algunos de los documentos utilizados por el narrador en su intento de reconstruir y comprender los hechos. Estamos de nuevo ante un recurso metaliterario, pues esos documentos no sólo se introducen en la obra tal cual, es decir, en su cualidad de objetivos, reales y atemporales, sino que son analizados por el narrador (y en ello no deberíamos olvidar la condición del autor como profesor de arte), convirtiéndolos en una representación, es decir, en un simulacro de lo real que no hemos de confundir con la realidad (con lo que sucedió), ya que ésta siempre escapa al corsé del lenguaje, de las palabras y de las imágenes.

El narrador intenta volver al pasado (fotografías y trascripciones, en su condición de documentos, son lo único ‘objetivo’ que queda de ese pasado), pero el pasado nunca vuelve tal y como fue, sino que vuelve matizado por la memoria, es decir, transformado, es decir, representado; lo único que podemos rescatar son representaciones del pasado, no el pasado en sí, lo que no quiere decir que ese pasado haya desaparecido por completo; al contrario, ese pasado, en su condición de representación de lo que sucedió, construye, junto a lo que acontece en el momento, el presente en sí.

No terminan las estrategias estructurales con esa alternancia de tiempos (pasado y presente), de voces (narrador en primera y segunda persona), de lenguaje y discurso (frases cortas y expresivas frente a frases más largas, elaboradas y reflexivas); por debajo de esa estructura bipartita (lineal en cuanto a las partes y alterna en cuanto a los capítulos), subyace otra estructura, una estructura circular representada en varias partes de la obra. Por ejemplo, que la intriga generada en los capítulos sin numerar se disuelva en los numerados, o que en varios momentos el narrador disuelva el tiempo de escritura contando lo ya escrito (pasado/novela) y lo que aún falta por escribir (futuro/borrador). Pero donde más evidente se hace esa estructura circular es sobre todo en el final (de ahí quizás el cambio de pauta en los dos capítulos del ‘epílogo’), final que nos remite al inicio de la obra, logrando con ello representar en lo formal uno de los objetivos temáticos de la novela: la interdependencia del pasado y del presente como vasos comunicantes que no dejan de retroalimentarse y de conformar nuestra realidad.

Sobre algunas de las cuestiones temáticas intentaremos profundizar la próxima vez. De momentos quedémonos con la importancia que la dicotomía tiene en la obra: pasado/presente, tú/yo, intriga/conocimiento, estructura lineal (evolutiva)/circular (cíclica), capítulos sin numerar (caos: expresividad)/numerados (orden: reflexión)…, así como con la premeditada ambigüedad de la novela expuesta desde su propia estructura.

[1] Metaliteratura: literatura que habla sobre literatura bien como alusiones y reflexiones sobre el propio acto de lectura o escritura, bien como referencias intertextuales (citas) bibliográficas y biográficas en torno a otras obras y otros escritores, incluyendo fragmentos de crítica literaria.
[2] Paratexto: por aquellos elementos que rodean al texto y, a la vez, lo ayudan y lo complementan en el mensaje que desea transmitir.

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I EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Portada del libro El dolor de los demás

“Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”. Estas palabras del narrador, que resonarán a modo de leitmotiv a lo largo de la novela, nos sirven para introducir El dolor de los demás, lectura que nos ocupará durante este mes de mayo, pero que nos gustaría se convirtiese en la puerta de entrada al particular y fascinante universo literario de Miguel Ángel Hernández, su autor.

“Soy un escritor frustrado, triste y melancólico. Mientras llega el momento de mi muerte, que esperaré tocando al piano piezas de Satie, me entretengo como profesor de Historia del Arte, gestor cultural, crítico literario y eterno aspirante a tirador de esgrima. He escrito varios ensayos sobre arte contemporáneo, cultura visual y psicoanálisis. Esto es lo que me da de comer. Pero lo que más placer me produce es la literatura […]. Cambiaría mi vida entera por haber escrito una sola línea del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Me habría conformado con esta: «Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré»”. (Demasiado tarde para volver).

foto de Miguel Angel Hernandez

Miguel Ángel Hernández es un escritor total cuya vida y literatura se amalgaman en el atanor de la escritura al extremo que resulta casi imposible deslindar lo real de lo ficticio, es decir, de lo literario. Retroalimentadas entre sí, sus novelas, Intento de escapada, El instante de peligro y El dolor de los demás, se retroalimentan además de sus experiencias vitales. Y, como si de un efecto rebote se tratase, su literatura abona su vida germinando nuevas experiencias que fructifican en nuevas obras que expanden un universo metaliterario en el que cualquier intento clasificatorio se torna complicado, como podemos comprobar en su blog no(ha)lugar o en sus diarios de escritura, Presente continuo, Diario de Ithaca y, sobre todo, Aquí y ahora, escrito a la par que la novela que nos ocupa, y en el que, como si de un alambique se tratase, el autor nos permite acceder a los entresijos de la creación artística, a los vapores humanos y literarios que terminan sublimados en El dolor de los demás.

De corte autobiográfico, basada en un trágico hecho real, que le sirve al autor tanto para rememorar el pasado como para reflexionar sobre el presente, El dolor de los demás, es una obra metaliteraria que, subvirtiendo géneros y subgéneros, y sin pudor de mostrar sus costuras, lanza al lector a una vertiginosa lectura enfrentándolo a una vorágine de interrogantes de la que, como si de una montaña rusa se tratase, sólo puede salir aturdido. ¿Por qué su mejor amigo asesinó a su hermana y luego se suicidó?, ¿qué sucedió realmente?; ¿cómo le afectó al autor?, ¿se puede querer a un “monstruo”?; ¿se puede escribir sobre ello después de tantos años sin reabrir heridas, sin caer en lo morboso?; ¿hasta dónde es legítimo que el escritor se inmiscuya en la vida de los demás?, ¿qué derecho le ampara frente al dolor que el recuerdo puede suponer a los familiares aún supervivientes de aquella tragedia?; ¿sería preferible el olvido o resulta inevitable ajustar cuentas con el pasado?. Y, sobre todo, ¿hasta dónde somos capaces de empatizar con el dolor de los demás?

Noticia de un periodico

¿Cuáles son las respuestas a estos interrogantes? Por el momento, adentrémonos en El dolor de los demás guiados por estas palabras de su autor: “Uno no escoge las historias que cuenta, sino que es atravesado por ellas. Y esta tenía que contarla. No era una opción. Estoy convencido, y lo creo sinceramente, de que este es el libro por el que me convertí en escritor. Aún no lo sabía cuando comencé a escribir cuentos en mi adolescencia, pero todo lo que he hecho desde entonces caminaba hacia El dolor de los demás. Es la historia que estaba debajo de todo. Ahora lo sé. Escribirla ha sido un modo de tomar consciencia de eso”.

En las semanas sucesivas, entre todos, trataremos de encontrar las respuestas.

El cabello que nos une.

El Negocio Millonario Del Cabello Indio

¿Sabíais que la India es el mayor exportador de pelo humano del mundo? Vende 1.800 toneladas cada año generando 72 millones de euros. Esta descomunal cantidad de cabello proviene del Templo de Tirumala, donde cada día miles de fieles ofrecen su cabello al dios Visnhu en busca de favores divinos. Esta tradición ha generado un rentable negocio, donde la primera y única materia les sale gratuita y la acabaran vendiendo a occidente como pelucas y extensiones a un precio entre 1.000 y 2.000 euros.

El origen de la riqueza

El mayor negocio de cabello empieza en el Templo de Tirumala, situado en el sur de la India y considerado el segundo lugar sagrado más visitado del mundo después de El Vaticano. Durante la Edad Media se hacían coronaciones de los emperadores hindús y actualmente alberga la deidad Venkateswara, encarnación del dios Vishnu, y se ha convertido uno de los destinos más importantes de la peregrinación hindú. Cada día unos 40.000 peregrinos acuden a entregar su cabello, procedentes de todos los rincones del país, dispuestos a esperar durante horas e incluso días para hacer su ofrenda.

El pelo de mayor calidad del mundo

Cada día unos 650 barberos trabajan durante 24h rasurando las cabezas de hombres, mujeres y niños. De media se recogen 400 kg de cabellos al día, que se lavan, se secan y se ordenan para almacenarlos.  El cabello del Templo de Tirumala es conocido por ser el de mayor calidad y dicen que es el más fino del mundo, y las autoridades del santuario, se han organizado para sacar un beneficio (bastante alto) de ello.

 El negocio más rentable del siglo

Las autoridades del templo subastan el pelo a intermediarios, ganando 3 millones de euros anuales, además de las donaciones económicas de los fieles. Argumentan que ese dinero se destina a la restauración y conservación del santuario indio, de gran lujo y ostentación. Concretamente, obtienen 250.000 euros al mes de la venta del pelo, durante cada mes de cada año.  ¿Realmente necesitan 3 millones de euros al año para la conservación del templo?

Los compradores del cabello lo exportaran a Europa, Estados Unidos, los países Árabes, Australia o Rusia para la fabricación de pelucas o extensiones que acabarán costando entre 1.000 y 2.000 euros. Desde que el pelo sale del templo de la India hasta  llegar al país de su venta, pasa por varios intermediarios que van aumentando su precio, dependiendo de la calidad y la longitud del cabello. El pelo natural indio que lucirá una occidental pudiente sin saber que su adorno cabelludo era, en realidad, una ofrenda al dios Vishnu

Sarah

La tercera protagonista de “La Trenza” es una mujer ambiciosa, una prestigiosa abogada canadiense que levanta un muro para no mostrar debilidad y no poner en peligro su carrera.

Sarah, divorciada y madre de tres hijos a los que cría con la única ayuda de un canguro, lleva una vida regida por las presiones laborales, los horarios inflexibles y una imagen exterior siempre impecable. En el bufete ha ocultado Incluso los embarazos de sus hijos, no hay  espacio para esos asuntos.

“ Ante su colaboradores y su socios, Sarah no dejaba traslucir nada. Tenía por norma no hablar nunca de sus hijos. No los mencionaba ni tenía fotos suyas en el despacho. Cuando debía ausentarse del bufete para ir al pediatra o acudir a una convocatoria de la escuela a la que no podía faltar, prefería decir que iba a una entrevista fuera”

Como muchas mujeres occidentales, libres, formadas, independientes, autosuficientes, “super woman”, Sarah está dividida entre la vida profesional y la familiar. El verbo “Conciliar” no se puede conjugar y cuando no se puede conciliar se vive mal. Muchas mujeres con carreras brillantes se plantean dejarlo todo para ser amas de casa, pero eso también duele porque es una renuncia.

“ Como miles de mujeres en todo el país, Sarah Cohen estaba dividida en dos. Era una bomba a punto de explotar”

Sarah se exige, renuncia,  controla. Toda su vida está medida, milimetrada, no ha sitio para nada, tampoco lo hay para la enfermedad, pero hay cosas que llegan sin avisar y  un buen día, en el curso de un juicio, Sarah se desmaya y ya nada será como antes.

“Sarah abandona el hospital, contra la recomendación del interno. De momento, todo marcha. Mientras no se hable de ello, no existe”

Sarah tiene que ser eficaz, tiene que ser joven, tiene que estar delgada, tiene que vestir bien y estar sana, sin olvidar que es madre. ¿ Se puede vivir así? ¿ Se puede ser feliz así?

“Por dentro está hecha polvo, pero eso nadie lo sabe.”

La enfermedad la convierte en una intocable, bañada en los perfumes más caros , pero estigmatizada, discriminada, apartada y rechazada. Otra “Dalit” a la que se le niega todo.

Enferma, que es tanto como decir poco fiable, alguien con quien no se puede contar”

“Contra la enfermedad sabe como luchar…, pero ¿ Qué tratamiento hay contra la exclusión

Pero Sarah no está sola y a miles de kilómetros de Montreal la energía de Smita para avanzar y la valentía de Giulia contribuyen a salvarla.

¿ Conoces a alguna Sarah? ¿ Te has sentido alguna vez una Dalit perfumada?.

“Dedico mi trabajo a esas mujeres…Las que aman, paren, confían, caen mil veces, se levantan y no se dan por vencidas.”