3. Los personajes principales

Personajes históricos

María Pacheco

María Pacheco (1496-1531): María era hija de Íñigo López de Mendoza, Marqués de Mondéjar y Conde de Tendilla, y de Francisca Pacheco, hija del Marqués de Villena. Fue una mujer muy adelantada para su época pues, entre otras cosas, tomó el apellido de su madre, Pacheco, para no ser confundida con otras dos hermanas suyas que llevaban el mismo nombre –María-.

Su padre, hombre culto y admirador de la cultura renacentista, cuidó mucho la educación de sus hijos, por lo que María se convirtió en una mujer con amplios conocimientos de latín, griego, matemáticas, historia o letras.

María, que vivió en Granada los primeros años de su vida, se enojó profundamente con su padre, quien concertó un matrimonio para ella. El 18 de agosto de 1511, María se casó con Juan Padilla, un joven toledano, de inferior rango que ella, con el que empezó teniendo muy mala relación, pero del que acabó profundamente enamorada.

Juan de Padilla

Juan de Padilla (1490-1521): Perteneciente a una ilustre familia de hidalgos toledanos, llegó a ser regidor de la ciudad y capitán de su milicia. Padilla se unió a los rebeldes que se enfrentaron a la política de Carlos I, influenciada por el séquito extranjero que trajo a España y marcada por la sangrante financiación que, su política exterior, suponía para las Cortes españolas. Padilla capitaneó la rebelión en Toledo y, aunque se consiguieron algunos éxitos militares, los comuneros fueron finalmente derrotados y Padilla apresado y ejecutado en Villalar, junto con los otros líderes de la rebelión, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Su viuda, María Pacheco, sostuvo por algún tiempo más la rebelión de Toledo, finalmente sofocada en 1522.

Carlos I

Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558): Carlos I, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, nació en Gante, Flandes. Hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla y nieto de los Reyes Católicos, se educó en los Países Bajos, bajo la tutela de Adriano de Utrecht y Guillermo de Croy. Gracias a la herencia de sus abuelos, tanto paternos como maternos, en unos pocos años tenía gran parte de Europa en sus manos. Sin embargo, Carlos I, que llegó a España en 1517, no fue bien aceptado, pues además de no conocer bien el idioma, llevó a cabo una política más centrada en sus intereses que en los de la población. Así, en 1519, se inició la Revuelta de los Comuneros, cuya principal intención consistía en limitar el arbitrario de la Corona. La alianza de la nobleza y de la monarquía generó su derrota.

Personajes novelados

La novela está llena de escenas del día a día de las clases populares, apareciendo múltiples oficios como escribanos, tejedores, curtidores, zapateros, frailes, artesanos, campesinos, soldados, etc. Algunos de estos personajes tienen nombre propio y peso específico en la novela. Así, podemos destacar, por ejemplo:

Zaida: morisca granadina, sirvienta de María, a quien esta otorga la libertad pero que permanece al lado de María Pacheco durante toda su vida.

Francisco Serrano: en la obra de Toti Martínez de Lezea, aparece como impresor. Los inicios de la imprenta en Toledo fueron tempranos pero modestos. La imprenta se implantó para producción de bulas en los monasterios de San Pedro Mártir, aunque las que llevan fecha más antigua proceden del taller de Juan Vázquez, en 1484. Existieron otros talleres en Toledo, pero el mejor de todos fue sin duda el de Pedro Hagenbach, cuyas obras más notables fueron el Missale Toletanum y el Missale Mozárabe, por encargo del Cardenal Cisneros.

Maese Andrés de la Spina: librero. Durante el siglo XVI se desarrollará en España toda una política de cautela para impedir la propagación de ideas subversivas y de escritos que se consideraban inútiles y perjudiciales. Esta política de cautela duró trescientos años y se puede decir que su punto de partida en España fue la Pragmática que los Reyes Católicos expidieron el 8 de julio de 1502 en la ciudad de Toledo, dirigida a los impresores y libreros, donde se establece por primera vez la obligación de someter los originales a censura previa. Esto consistía en que antes de que un libro pudiera ser comercializado, hacía falta tener una licencia de impresión.

En Enero de 2004, Sigfrido Samet Letichevsky escribió la siguiente crítica sobre la obra de Toti Martínez de Lezea: http://www.nodulo.org/ec/2004/n026p23.htm

Por su parte, Toti Martínez de Lezea dio su contestación a la misma: http://www.nodulo.org/ec/2004/n027p12.htm

Ambas reflexiones son muy interesantes, por lo que recomendamos su lectura y agradecemos sus posteriores comentarios.

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2 La revuelta comunera a través de los ojos de una mujer

La novela nos cuenta la historia de los Comuneros de Castilla, pero a través de los ojos de una mujer, María Pacheco. Al morir Fernando el Católico en 1516 e inhabilitada su hija Juana I de Castilla, Carlos de Habsburgo, hijo de esta y nieto de aquel, pasó a heredar todos los reinos peninsulares, excepto Portugal, y todo el territorio de ultramar. Educado en la corte de Flandes, con el fin de ser nombrado Emperador, no conocía el idioma ni las costumbres españolas cuando se trasladó a nuestro país, acompañado por su propio séquito. Por esta razón, se consideró una amenaza y se pusieron en tela de juicio todas sus decisiones. Las guerras y las aspiraciones de Carlos, supusieron un enorme agujero para las arcas castellanas, creándose el germen de la revuelta comunera.

Se tiene a Juan Padilla, Juan Bravo y a Francisco Maldonado como los impulsores de este movimiento.

Respecto a María Pacheco, son muy pocos los escritos que sobre esta mujer nos ha dejado la historia. Sabemos que fue la esposa de Juan de Padilla y la hija de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, I Marqués de Mondéjar y II Conde de Tendilla. Noble de cuna, María se casó con Juan de Padilla, de clase inferior a la suya. Fue una mujer culta y educada y sobre sus hombros cayó la pesada carga de la defensa de Toledo, al mando de la sublevación de las Comunidades de Castilla, tras la muerte de su marido.

Sobre esto Toti Martínez de Lezea nos ha tejido una interesante trama familiar, destacando la historia de una pareja que se quiso con locura, al tiempo que desarrolla una intachable crónica de la sociedad del momento, en la que aparecen artesanos, impresores, comidas típicas, vestimenta, así como aspectos curiosos de la vida cotidiana.

La Comunera: María Pacheco, una mujer rebelde

Durante este mes de Junio vamos a leer La Comunera: María Pacheco, una mujer rebelde. Una novela de Toti Martínez de Lezea, una de las mejores escritoras de novela histórica que tenemos actualmente en nuestro país.

Sinopsis

En Agosto de 1511, dos jóvenes de 15 y 20 años, respectivamente, se unen en matrimonio por acuerdo de sus familias. La joven ha retirado la palabra a su padre al considerar que su enlace es desigual y que el rango de su futuro marido está muy por debajo del de ella. Son doña María Pacheco, descendiente de los Mendoza y de los Villena, Grandes de Castilla, y Juan de Padilla, pequeño hidalgo de Toledo.

Diez años más tarde, él muere degollado en Villalar y ella toma su puesto en la defensa de la Comunidad de Toledo, única ciudad que aún no se ha rendido a las tropas imperiales de Carlos I. María mantendrá la lucha durante seis largos meses para, finalmente, verse obligada a exiliarse en Portugal, donde morirá en la pobreza y abandonada por su poderosa familia.

A lo largo de la presente narración, el lector recorre la vida de unos personajes singulares que osaron liderar un movimiento revolucionario para la época: la revuelta de las Comunidades de Castilla que exigían el derecho del pueblo a participar en la gobernación del reino y a la libre elección de sus representantes políticos, en contra del poder absoluto encarnado por el monarca y la nobleza.

Es también la historia del amor entre dos seres cuyos destinos unió la vida de manera casual y que ni la derrota ni la muerte pudieron destruir.

La autora

Toti Martínez de Lezea

Nacida en Vitoria-Gasteiz en 1949, vive en Larrabetzu, un pequeño pueblo de Vizcaya, en compañía de su familia, rodeada de libros y objetos de artesanía de diversas procedencias. Durante veinte años compaginó su profesión de traductora técnica con trabajos para teatro y televisión, donde escribió y dirigió más de mil programas infantiles.

Desde noviembre de 1998, año en el que vio publicada su primera novela, La calle de la judería, esta autora, apasionada de la novela histórica, no ha dejado de escribir y de sorprender a sus lectores. Sus obras La Abadesa, Las torres de Sancho, La herbolera, Señor de la guerra, Los hijos de Ogaiz, La voz de Lug, El verdugo de Dios, A la sombra del templo, La cadena rota, La brecha, El jardín de la Oca, así como Los grafitis de mamá y las novelas juveniles El mensajero del rey, La hija de la luna, Nur y Érase una vez han visto sucesivamente la luz con gran éxito.

En 2015 se publicó la novela Y todos callaron, que trata sobre el miedo a pensar, a hacer, a opinar… En fin, sobre el miedo a ser libre. En 2016, apareció Tierra de leche y miel, sobre el tráfico de reliquias en Palestina en el siglo XIII. Su última novela, Llanto en Tierra Baldía, discurre en los años anteriores y posteriores a la guerra civil.

Para conocer mejor a Toti, podemos consultar su página web: http://martinezdelezea.com/

Pero los que tenemos la suerte de conocerla, no podemos dejar de presentarla como una mujer cercana, rigurosa y comprometida con su trabajo, dicharachera, generosa y amable con sus lectores.

IV. UNA CIERTA CONCLUSIÓN

Llegamos al final de la lectura de El dolor de los demás, una novela compleja en su contenido y en su forma debido a sus múltiples ramificaciones. Dijimos en la primera entrada que nos gustaría que esta novela sirviese de llave al universo literario de Miguel Ángel Hernández, en donde esas ramificaciones se expanden hasta diluir las fronteras entre realidad y literatura, vida y escritura, biografía y ficción, conformando una aleación en la que resulta imposible separar sus componentes.

Como hemos visto, la novela gira en torno a tres ejes: la metaliteratura, la investigación de unos sucesos trágicos de los que el autor fue testigo y el intento de retorno al pasado como vía de autoconocimiento por parte del autor.

Respecto a lo metaliterario hemos sido testigos durante la lectura del proceso de gestación de la novela: influencias literaria (como E. Carrère y D. De Vigan), de los procedimientos utilizados (literarios, documentos, fotografías…), del material biográfico y ficticio a partir del cual ha trabajado. Pero además, el autor nos brinda pistas en una invitación a “continuar la lectura” más allá de la novela misma, es decir, para adentrarnos en su universo literario. Un ejemplo.

Por la novela nos enteramos que el autor ha escrito otras dos novelas: Intento de escapada y El instante de peligro. Si leemos las mismas descubrimos otro de esos procedimientos metaliterarios a los que el autor es tan proclive. El narrador y protagonista de Intento de escapada, es un estudiante de Bellas Artes que “escribe” esa novela a partir de sus experiencias en el mundo del arte. Algunos de sus datos coinciden con los del autor real, pero otros no. De hecho, el protagonista se llama Marcos Torres, no Miguel Ángel Hernández. En El instante de peligro, nos encontramos también con un narrador protagonista que escribe la novela y que comparte característica con el autor real (como sus estancias de estudio en Norteamérica o su condición de profesor universitario), pero que tampoco coincide con el autor real, ya que se llama Martín. Ese narrador nos informa que es el autor de Intento de Escapada, con lo que Marcos Torres, el supuesto autor de esa novela, se convierte en personaje literario de Martín. Pero lo mismo le sucede a éste con El dolor de los demás, ya que en esta sí, el autor real coincide con el narrador y se dice autor de las otras dos novelas, lo cual se puede constatar en la realidad.

Respecto al eje de la investigación en torno a los trágicos sucesos, como lectores experimentamos una cierta decepción porque las expectativas abiertas por el autor al principio de la novela no se ven satisfechas al final. Es cierto que el autor explica el por qué de ese “fracaso”, que curiosamente otorga más verosimilitud a la historia, ya que, como en la vida misma, la realidad una y otra vez intervine para frustrar o desviar nuestros planes, pero no quita para dejar un cierto poso de decepción el no enterarnos realmente de cómo pasó lo que pasó, y ello, porque el autor nos ha azuzado a ello, sobre todo con ese recurso de terminar los capítulos numerados con frases que alimentan la intriga.

Y respecto al intento de retorno al pasado como vía de autoconocimiento por parte del autor, descubrimos cómo traer el pasado al presente tal y como fue resulta imposible, que al final, lo que rescatamos del pasado, nuestros recuerdos, no son más que representaciones del mismo, pero que no por ello influyen menos en nuestro presente. El pasado como tal nunca vuelve, pero su influencia en el presente, lo queramos o no, es decisiva, como le ocurre al autor en la novela, que en base a zambullirse en su pasado, trasforma su presente y se reconcilia con lo que fue, con sus orígenes y con sus raíces.

En una entrevista (Quimera, Fernando Clemot) el autor declara: “El hecho de crear un dispositivo literario que pudiera servir para reproducir lo que había pasado y darse cuenta también de que va fracasando en todos los intentos. Es la clave de la novela”, ante lo que podemos preguntarnos ¿hasta qué punto la novela fracasa?

Hay varios fracasos a lo largo de la misma, algunos provocados por el autor, (como por ejemplo la fallida performance en torno a repetir el último trayecto de Nicolás antes de suicidarse o el apenas haber tenido presente a Rosi al principio de la historia); hay otros provocados por la “realidad” misma (por ejemplo, el que se le impida ver el expediente de los sucesos); y por fin, los hay que responden a la incapacidad humana para aprehender la realidad en su totalidad (por ejemplo, que el narrador en segunda persona, por su edad y falta de madurez, no fuese capaz de darse cuenta de esa “zona oscura” de su amigo, zona oscura que descubrirá en él mismo, incluso en todos nosotros, tras la autoindagación en su pasado). El autor es consciente de todo esto, como nos lo cuenta a lo largo de la novela, sin embargo, la sensación final no es tanto de fracaso como de aceptación de que es imposible aprehender la realidad en su totalidad con instrumentos limitados como el lenguaje (ya sea fotográfico, documental, artístico o literario). A lo que podemos aspirar es a fabricar un relato que nos permita avanzar, pero sin olvidar que, por más biográfico que nos parezca, no dejará de ser algo elaborado, ficticio que, como tal, simula delimitar aquello que no se puede delimitar como es la vida y la realidad (cualquier relato autobiográfico que hagamos siempre será una representación, no la realidad de nuestra vida, en la que siempre influirá esa zona oscura que podemos saber que existe, pero que no podemos llegar a iluminar del todo).

Aun así, y pese a las explicaciones del autor, persiste una duda que incomoda al lector. La imposibilidad de ver el expediente corta de raíz la posibilidad del relato desde el punto de vista de la investigación. El autor nos dice que ya no le importa, porque a esas alturas de la historia sus intereses han cambiado y que en vez de saber cómo pasó lo que pasó, lo que le importa es tratar de recuperar el pasado (primero en torno a la figura de Rosi, luego en torno a la aceptación de sus raíces). Pero esas explicaciones no calman el gusanillo de la curiosidad y del morbo generado. El autor ha abierto unas expectativas, pero las ha cerrado de golpe. Nos explica por qué, incluso nos convence de que tiene que ser así, tanto porque la realidad le ha impedido ir más allá por ese camino, como porque para él transitarlo ya no tenía interés. Pero como lectores no dejamos de preguntarnos qué hubiese hecho el autor de haber podido disponer del expediente. ¿Habría sucumbido a la curiosidad y al morbo generado, virando la novela hacia el amarillismo de la sociedad actual?, ¿o nos lo habría escamoteado igualmente por respeto a esas personas de las que habla en la novela, por respeto al dolor de los demás?

Durante la escritura de la novela, el autor escribió un diario: Aquí y ahora (accesible en su blog No (ha) lugar y otra invitación a adentrarnos en su universo literario), algo así como el making of de la novela. En el epílogo del mismo podemos leer:

“El último viernes del mes se entregan los galardones: al fomento a la lectura […] Después de la rueda de prensa en el Casino, os sentáis en un reservado del Hispano, en la bodega del restaurante […] Después de varios minutos sin que aparezca por allí ningún camarero, subes un momento a hablar con el encargado y le ruegas que comience a servir inmediatamente.

Aprovechas para hacer una llamada. La terraza del restaurante está abarrotada de gente trajeada tomando el aperitivo. Una comida de empresa, piensas. Cuando cuelgas el teléfono, una mujer alta y elegante se te acerca y te pregunta si eres Miguel Ángel Hernández. Tú asientes.

Lo que sucede después es una escena de la novela.

-He leído tu libro y me ha encantado -dice ella-, sobre todo la parte de la huerta. Y gracias a tu novela he descubierto a Carrère. Lo estoy leyendo todo. Pero, bueno, me he atrevido a saludarte porque tengo que decirte algo más: yo soy la jueza que sobreseyó el caso sobre el que has escrito.

No sabes cómo reaccionar.

-No me digas. -Es lo único que se te ocurre contestar.

-Pero no te pongas nervioso.

Mira hacia un lado y le hace un gesto a uno de los señores trajeados que estaban a su derecha, en torno a una mesa alta. El hombre deja su copa de vino sobre la mesa, se acerca y te da la mano.

-Julio -dice ella- era el juez del juzgado de guardia aquel día. Él levantó el cadáver de tu amigo y de su hermana.

Sí -contesta con total naturalidad-. Recuerdo perfectamente que estaba la habitación llena de vecinos y tuve que pedirles que salieran.

-Entre ellos -comentas desconcertado-, mi padre y mi hermano. -Respiras un momento y añades-: Es muy fuerte esto.

-El mundo es pequeño -dice el juez, que rápidamente se despide de ti y regresa con su copa de vino.

La mujer te sigue observando con curiosidad.

Qué disparate! -exclamas.

-Tranquilo, que hay algo más -dice ella. Parece que disfruta creando tensión-. Te voy a presentar a mi marido. No te muevas.

Camina unos pasos hacia otro grupo de personas y vuelve acompañada de un hombre delgado, elegante como ella.

-Mi marido. -En ningún momento me dice su nombre-. Es el forense que le practicó la autopsia a los hermanos.

Ahora sí que no sabes qué decir.

-Uff -resoplas mientras le das la mano-, esto me supera.

Él sigue en silencio. Te mira y sonríe. Es su mujer quien continúa hablando:

-A mí no me ha dicho nada. Tenemos un pacto desde que nos casamos. No queremos que se nos llene la casa de muertos. Pero a ti te contará lo que necesites saber.

-Hablamos cuando quieras -añade el hombre-. Ahora, si me perdonas…

Te vuelve a dar la mano y se suma a uno de los grupos que ya han comenzado a entrar al restaurante. Luego te enteras de que homenajean a un magistrado de Murcia por su jubilación.

[…] La jueza se queda un poco más contigo. Te da su número de teléfono y le haces una perdida.

-Llámame y hablamos -concluye-. Hay cosas que uno necesita saber.

-Supongo –respondes.

Os despedís con dos besos y grabas el número en la agenda del móvil. Ni siquiera te ha dicho su nombre. «Jueza El Dolor De Los Demás», escribes […]

Pasan los días, las semanas, incluso los meses y no llamas a la jueza. Algunos amigos y familiares te animan a contactarla. Cada vez que cuentas la anécdota en alguna presentación, también los lectores te dicen que deberías ver el expediente y así quedarte tranquilo, aunque no lo escribas ni lo publiques, sólo por la necesidad de saber. […]

No lo piensas demasiado. Entras en la agenda de contactos del móvil y buscas el número. «Jueza El Dolor De Los Demás.» Lo miras durante unos segundos y, al final, decides hacerlo.

Presionas «Eliminar contacto» y, de inmediato, percibes el vértigo del fin.

Es tan sólo un gesto. Apenas nada. Un corte ilusorio para romper el presente. Y, sin embargo, sientes que ahí se cierra la historia. La historia de tu novela, pero también la un período de tu vida. Aunque nada concluya para siempre y, de un modo u otro, todo permanezca, aunque la memoria y las huellas sigan indicando el camino. Aquí y ahora ya es ayer. Aunque hoy sea siempre todavía.”

Se supone que esto es real, que pasó tal y como pasó, porque está escrito en un diario, no en una novela, pero ¿podemos estar seguros del todo?, ¿o será otro de sus “trucos” metaliterarios?, al fin y al cabo, ¿dónde es posible separar realidad y ficción en nuestro relato autobiográfico?

Por último, es cierto que el lenguaje es incapaz de aprehender la realidad en su totalidad, pero eso no quita que sea el principal instrumento para que lo intentemos, para que se convierta en un salvavidas, precario, sí, pero que nos permite mantenernos a flote. Sin embargo, las limitaciones del lenguaje no vienen dadas sólo por esa imposibilidad; existen otras, éticas, de las que los únicos responsables somos nosotros. Como reza el dicho, somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios. Nuestras palabras nos pertenecen, pero siempre hemos de ser concientes de las consecuencias que se pueden derivar de ellas en la vida de los demás. La responsabilidad es otro de los dilemas importantes de la novela, el dilema entre la libertad de contar del escritor y las limitaciones morales en torno a hasta dónde se puede contar la vida de los demás, con el dolor que ello puede conllevar; el dilema de cómo contar lo que nos afecta pero buscando la forma de hacerlo que no implique el dolor de los demás. ¿Se puede y se debe contar todo?

“Juan Alberto comenzó a ojear las páginas con atención y se detuvo un instante en la fotografía del barranco.

-Eres tú -le dije-. Tu chándal verde.

-Hostia puta, Miguel -exclamó.

Y justo en ese momento comenzó a llorar

Casi inmediatamente, como un acto reflejo, mis ojos también se llenaron de lágrimas.

Juan Alberto permaneció unos segundos en silencio, esperando a que remitiera el llanto. Yo aguardé a que él tomara la palabra

Y fue tras esa pausa cuando, como si se hubiera soltado algún tipo de mecanismo interior, Juan Alberto comenzó a contarme todo lo que jamás me había contado. Cómo se enteró de todo a las cinco de la mañana, cómo recorrió el campo hasta encontrar el cadáver de su primo, cómo pasó varios meses sin poder dormir, cómo él también decidió huir y no volver a pensar en aquel momento, cómo tampoco había podido escapar del todo y cómo, cada vez que me veía, algo de aquel tiempo, y también de aquella noche, volvía a emerger y lo abrasaba por dentro.

Tal vez esa fuera la clave de todo. Ahí estaban condensados todos los llantos. En todo aquello que jamás nos habíamos dicho. Lo no dicho que, en el fondo, no era tan importante como el hecho de haberlo podido decir. Las palabras que, por una vez, no estoy dispuesto a convertir en literatura. La conversación entre dos amigos. Veintitrés años después. Algo de vida. Entre tanta escritura”.

BIENVENIDOS AL UNIVERSO LITERARIO DE MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

UN CIERTO ACERCAMIENTO FORMAL

Adentrarse en la lectura de El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, es adentrarse en un vergel de interrogantes que podrían sintetizarse en dos: ¿qué estamos leyendo? y ¿qué pretende contarnos el escritor?

No es fácil dar respuesta a estos interrogantes, y menos cuando en gran medida la propia obra es un constante cuestionamiento de sí misma. Para intentarlo, y también en cierto modo para evitar spoiler mientras avanzamos en la lectura, comenzaremos buscando algunas claves más en la forma que en el contenido.

Antes siquiera de comenzar la lectura, nos encontramos con una fotografía en la cubierta del libro que nos muestra una escena familiar y rural, en cierto modo idílica, si no fuese porque lo más llamativo de la misma es que una de las figuras está silueteada, lo que genera cierta intriga (¿a quién corresponde esa silueta y por qué está “borrada”?). Sin comenzar la lectura se nos generan unas expectativas en torno a con qué tipo de obra nos vamos a enfrentar: ¿un relato costumbrista del mundo rural, una crónica familiar, una novela de suspense?

Según avancemos en la lectura descubriremos el por qué de esa fotografía y su importancia en la obra. Se trata de un recurso metaliterario (1) empleado por el autor (que aludirá a dicha fotografía en el texto), en este caso, el uso de parte del paratexto (2), para conformar la historia que nos quiere contar. No es el único elemento paratextual del que el autor se vale, así como tampoco es el único recurso metaliterario que utiliza a lo largo de la obra.

Una vez comenzamos la lectura, la primera frase impacta (“Han entrado en la casa de la Rosario, dice tu padre desde la habitación de al lado, han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás”), lo que nos reafirma la expectativa de una posible crónica negra o de un relato de suspense; también llama la atención el uso de la segunda persona por parte del narrador, algo no demasiado frecuente, y que narre en presente, como si los hechos aconteciesen a medida que leemos.

Apenas una par de páginas después, nos encontramos ante el inicio de otro capítulo: “Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”. Ahora nos encontramos con un narrador que trastoca la intriga generada en el capítulo anterior; la intriga continúa, pero cambia el foco: en vez de intrigarnos por el “qué pasó”, ahora nos intriga el “cómo pasó”. Ese narrador además habla en primera persona y en pasado, lo que genera nuevas preguntas: ¿Quién o quiénes cuentan la historia? Comenzamos a vislumbrar la estructura de la obra, pero comenzamos también a experimentar algo que será frecuente a lo largo de lectura: la fluctuación en torno a las expectativas y a las sensaciones del lector, que virarán desde la curiosidad y el morbo de la literatura negra y amarilla, hasta la compasión y el perdón ante la cara más hostil de la realidad, sin esquivar la rabia, la impotencia e incluso una cierta decepción.

Enseguida descubrimos que, aunque desdoblado (en el tiempo y en la narración), nos hallamos ante un único narrador que, a través de la recreación y la rememoración, trata de averiguar por qué y cómo fue posible que sucedieran aquellos hechos que tan de cerca le atañeron.

En otro de los recursos metaliterarios de los que se vale, el narrador nos hace saber que se identifica con el autor, es decir, que es el propio autor el que nos cuenta la historia a través del filtro del narrador. A lo largo del relato, entre otros asuntos, nos informará que ha estudiado historia del arte, que es profesor y que ha escrito con anterioridad dos novelas: Intento de escapada y el Instante de peligro. Si acudimos a otro elemento del paratexto, en donde se nos ofrecen los datos biográficos y literarios del autor, descubrimos que son datos reales, que el autor, Miguel Ángel Hernández, es profesor de historia del arte y que ha escrito con anterioridad dos novelas cuyos títulos corresponden a las que menciona en el relato. Quiere decir que nos encontramos ante una obra de carácter autobiográfico y que, por tanto, aquellos sucesos de los que habla sucedieron realmente, que no son producto de la imaginación.

¿Pero podemos estar seguros de que se trata de un “auténtico” relato autobiográfico? Si atendemos de nuevo al paratexto descubrimeros que la obra está publicada en la colección (Narrativas Hispánicas) de una editorial (Anagrama) que dedica dicha colección a la publicación de novelas escritas en castellano. ¿Estamos entonces ante una novela, ante una obra de ficción? Sin concluir la lectura no podemos estar seguros, a no ser que hagamos una “trampilla” y ampliemos por nuestra cuenta el paratexto. Así, en una entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural (4-5-2018), el autor explica:

“Yo lo único que tengo claro sobre mi libro es que es una novela, basada en hechos reales. Mi amigo mató a su hermana y se suicidó. Eso ocurrió. Eso me destrozó. Eso no es ficción. Ahora bien, el modo en que lo narro, la manera en la que reconstruyo lo sucedido, la trascripción de las conversaciones, lo que yo pienso acerca de ese hecho comprobable, ya está en el ámbito de la imaginación. Y, claro, escribir es inventar. Es decir, fingir. Y en ese caso, sí, todo es ficción.”

Nos encontramos, pues, ante una autoficción, ese género tan en boga en que el autor se vale de parte de su biografía para escribir ficciones en que lo escrito no sucedió exactamente como se narra.

Desde el principio llama la atención cómo se estructura la obra.

Por una parte, cómo, para contarnos la historia, el narrador/autor se desdobla en diferentes tiempos (pasado y presente), en diferentes voces (primera y segunda persona) y cambia además la forma de encarar el discurso y el lenguaje atendiendo a ese desdoblamiento.

Por otra, el relato se estructura en seis partes y un epílogo. Los títulos de las distintas partes sirven de guía de lo que, a un nivel de contenido, encontraremos en cada una de ellas; esas partes en sí implican una evolución, tanto de la historia como de los personajes.

A su vez, cada parte se divide en dos tipos de capítulos intercalados. Unos sin numerar, en los que paradójicamente el narrador, en presente y en segunda persona, con un estilo conciso de frases cortas y expresivas, recrea lo que sucedió aquellos días de la tragedia (es decir, el pasado), y otros numerados, narrados en primera persona y en pasado, donde el narrador, con frases más elaboradas y reflexivas, cuenta cómo avanza en sus investigaciones, cómo siente su vuelta a los escenarios del pasado y cómo influye el retorno del pasado a su presente.

No deja de resultar paradójica dicha estructura, subvirtiendo lo que podríamos considerar el modo “clásico” de contar una historia. ¿Por qué el pasado se cuenta en presente y el presente en pasado? ¿Por qué el narrador busca una mayor expresividad en ese pasado que en el presente en que se narra la historia? ¿Por qué unos capítulos van numerados y otros no? ¿Por qué en el ‘epílogo’ se trastoca la pauta apareciendo primero el capítulo en pasado y primera persona? ¿Qué pretende el autor con todo ello?

Probablemente hasta la conclusión de la lectura no podamos dar respuesta a estos interrogantes, pero lo que de momento nos muestra es que existe una manipulación de la historia por parte del autor, una manipulación manifiesta con la que trata de indicarnos algo. Quizá que la obra no es sino un artefacto, un artificio, una forma elaborada con unas técnicas y unos materiales concretos que dan como resultado una visión particular, la del autor, de la realidad que aconteció, una visión por tanto parcial, limitada y subjetiva de una realidad que por su inconmensurabilidad jamás puede reducirse a los límites del lenguaje y las palabras. De ahí esa cierta sensación de fracaso o de decepción que a veces asalta al lector durante la lectura, algo que incluso el narrador constata con sus palabras.

Sin embargo, resulta paradójico que sea en esa imposibilidad por atrapar lo real, que se hace evidente en el relato, en donde ese relato alcanza una mayor sensación de realidad, más que si se tratase de una historia contada al modo convencional en la que se simula contar todo y se trata de dar un significado cabal a todo lo contado. Lo que sucedió, como lo real en su conjunto, escapa a la comprensión humana y la novela, desde este punto de vista, refleja esa impotencia humana para llegar a aprehender la realidad en su totalidad; siempre hay algo que se nos escapa, la vida no es ese universo cerrado, perfecto y con sentido que pretende la novela tradicional.

A esa sensación de artefacto contribuye la introducción de fotografías en el texto, así como la trascripción literal de algunos de los documentos utilizados por el narrador en su intento de reconstruir y comprender los hechos. Estamos de nuevo ante un recurso metaliterario, pues esos documentos no sólo se introducen en la obra tal cual, es decir, en su cualidad de objetivos, reales y atemporales, sino que son analizados por el narrador (y en ello no deberíamos olvidar la condición del autor como profesor de arte), convirtiéndolos en una representación, es decir, en un simulacro de lo real que no hemos de confundir con la realidad (con lo que sucedió), ya que ésta siempre escapa al corsé del lenguaje, de las palabras y de las imágenes.

El narrador intenta volver al pasado (fotografías y trascripciones, en su condición de documentos, son lo único ‘objetivo’ que queda de ese pasado), pero el pasado nunca vuelve tal y como fue, sino que vuelve matizado por la memoria, es decir, transformado, es decir, representado; lo único que podemos rescatar son representaciones del pasado, no el pasado en sí, lo que no quiere decir que ese pasado haya desaparecido por completo; al contrario, ese pasado, en su condición de representación de lo que sucedió, construye, junto a lo que acontece en el momento, el presente en sí.

No terminan las estrategias estructurales con esa alternancia de tiempos (pasado y presente), de voces (narrador en primera y segunda persona), de lenguaje y discurso (frases cortas y expresivas frente a frases más largas, elaboradas y reflexivas); por debajo de esa estructura bipartita (lineal en cuanto a las partes y alterna en cuanto a los capítulos), subyace otra estructura, una estructura circular representada en varias partes de la obra. Por ejemplo, que la intriga generada en los capítulos sin numerar se disuelva en los numerados, o que en varios momentos el narrador disuelva el tiempo de escritura contando lo ya escrito (pasado/novela) y lo que aún falta por escribir (futuro/borrador). Pero donde más evidente se hace esa estructura circular es sobre todo en el final (de ahí quizás el cambio de pauta en los dos capítulos del ‘epílogo’), final que nos remite al inicio de la obra, logrando con ello representar en lo formal uno de los objetivos temáticos de la novela: la interdependencia del pasado y del presente como vasos comunicantes que no dejan de retroalimentarse y de conformar nuestra realidad.

Sobre algunas de las cuestiones temáticas intentaremos profundizar la próxima vez. De momentos quedémonos con la importancia que la dicotomía tiene en la obra: pasado/presente, tú/yo, intriga/conocimiento, estructura lineal (evolutiva)/circular (cíclica), capítulos sin numerar (caos: expresividad)/numerados (orden: reflexión)…, así como con la premeditada ambigüedad de la novela expuesta desde su propia estructura.

[1] Metaliteratura: literatura que habla sobre literatura bien como alusiones y reflexiones sobre el propio acto de lectura o escritura, bien como referencias intertextuales (citas) bibliográficas y biográficas en torno a otras obras y otros escritores, incluyendo fragmentos de crítica literaria.
[2] Paratexto: por aquellos elementos que rodean al texto y, a la vez, lo ayudan y lo complementan en el mensaje que desea transmitir.