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Nos vemos allá arriba

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El final…

Va siendo hora, querido lector, de ir despidiéndonos de nuestros personajes. Todos sabíamos que tenía que llegar este momento. Sentir el vacío de llegar a la última página. Cerrar el libro, volver a la portada, leer el título y recordar, con grandes fogonazos, la historia que hemos vivido…

No te apenes, todavía no lector, porque algunos nombres aún seguirán rondando nuestra cabeza, por lo menos, unos cuantos días…

Si cerramos los ojos, ¿Qué vemos?

Nosotros vemmascaraos a Édouard vestido de colonias con sus dos grandes plumas verdes, su cara dibujada en la máscara apunto de echar a volar… Aunque si echamos la vista atrás le hemos visto muy mal. Reconozcamos que nos ha dado pena verle así, tan desamparado, tan indefenso, tan solo. Pero también, le hemos visto volver a la vida, reírse y vengarse, a su modo, de las consecuencias que tan desastrosas que le trajo la guerra. Otra broma más de Édouard. De nuevo el lápiz y el papel le sirven para expresarse…

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Albert, ¡Oh Albert!, que gran personaje. Es todo aquello que es y no es el ser humano. Todos somos personas honradas que, por supuesto, seríamos incapaces de robar o engañar pero si hiciera falta… Sin embargo, lo que asombra de Albert no es que sea capaz de hacer cosas que antes no hubiera imaginado; de ser o cosas una persona lenta como decía su madre, haya hecho cosas increíbles, lo que asombra de Albert es su gran corazón. Y Ahí le vemos en el tren que está a punto de partir y “con el corazón destrozado”. Menos mal que tiene a Pauline… Esperemos, lector que le vaya bien… ¡lo merece!

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Madeleine, nos gusta esta mujer callada, reflexiva, decidida, que sufre su soledad y lleva el peso de los problemas de los hombres de su familia. Primero tapando las travesuras de Édouard, al que adora y luego viendo cómo su padre se va viniendo abajo, ¿será la edad?, ¿el desmayo del Jockey Club? Quizá su mejor elección no fue Pradelle ¿una equivocación? Quizá si o quizá no. Al final, tuvo un hijo muy guapo y seguramente sabrá educarle y darle mucho amor.

Lousie,luuuse a veces no hace falta que nos cuenten mucho de un personaje para conocerle. Una niña avispada, lista, con una madre eclipsada por las consecuencias de la guerra. Encuentra el afecto en dos jóvenes y nos gusta cómo es capaz de ver en Édouard algo más que un agujero en la mandíbula. Llegará a ser una gran mujer, sin duda.

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Marcel Péricorit. Torres más altas han caído. Nunca es tarde para resarcirse, puede que el Sr Péricourt hubiese preferido hacerlo antes, cuando su hijo aún vivía. Una gran pena que no se pueda echar marcha atrás. Así es la vida. Nosotros ya le hemos perdonado; le hemos visto sufrir mucho. Puede que cuando vio la mirada de Édouard en el instante en que el coche lo lanzaba por los aires, su hijo le estuviera diciendo: Nos vemos allá arriba.

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Pradelle, el hombre resuelto, salvaje y primitivo que se mueve en la guerra como pez en el agua. Está convencid    o de que la guerra tiene que brindarle oportunidades y ¡vaya si se las brinda! Negocios, un casamiento por todo lo alto. Ya hemos dicho lector, que es mejor no correr tanto. Mírale ahora, arruinado, con un hijo que le visita una vez al año… ¿Hay algo peor que morir solo?

Ya es el momento de decir adiós y la mejor forma de hacerlo es con una palabra: FIN

Marzo de 1920 – El final…

Desde que acabó la guerra a estos personajes les han pasado muchas cosas.

Ahí tenemos a Albert, que de ser un joven lento y con poca iniciativa, como a menudo se encarga de recordarle su madre, le vemos cambiando informes en el hospital militar, desenterrando a un soldado, pateando los suburbios de París para encontrar morfina y enfrentándose a un griego “un hombre de extraordinaria corpulencia” para conseguirla. Como una hormiguita que, poco a poco, va recogiendo provisiones para el invierno, vemos a este joven robando a un gran banco “cuando nunca has robado más que un par de francos aquí y allá, llegar al centenar y luego al millar en dos semanas, produce vértigo” ¡Ay, si le viera su madre ahora!, nos gustaría saber que diría…

Estamos llegando al final de la novela, hemos hablado de la guerras, las de fuera y las dentro, de la angustia, las injusticias, las drogas… Pero aún nos quedan temas sobre los que hablar, …..

Hablar de la risa. Sería inaguantable vivir una guerra y una posguerra sin poder reírnos, risaarteaunque sea de nosotros mismos. Esa es la pregunta que se hace Albert desde el principio, desde que Édouard está en el hospital del campo de batalla hasta que le recoge en París para llevarle a vivir con él. “Desde el primer momento había sido una incógnita para él: ¿cómo se las arreglaría Édouard el día en que quiera reírse?… no conseguía olvidarse de lo de la risa”. Pero como la vida da muchas vueltas, querido lector, oímos cómo vuelve a reír. No será una risa al uso, “¡Un pavo! Glugluteas como un pavo, te lo juro, le dice Albert”, pero al fin y al cabo una risa.

Hablar de lamistaddefia amistad. Suele decirse que a la familia no la elegimos pero sí a los amigos. En este caso, no va ser así. Albert y Édouard construyen una amistad verdadera. Puede que al principio Albert se sintiera responsable, ¡le había salvado la vida! “Ahora él ocupa el centro de la vida de Édouard. Es su único, su exclusivo apoyo. El chico le ha confiado su vida, se la ha entregado, porque ya no puede ni cargar con ella ni librarse de ella solo”. Pero los gestos de Albert dicen mucho más “le acaricia las manos, lo mira, intenta mecerlo en sus brazos”, esos pequeños “grandes” gestos harán que se formen unos lazos fuertes entre ellos.

índiceHablar de la honestidad. Y para ello tenemos que asociarlo a un nombre, Joseph Merlin. Hay personajes que consiguen sorprendernos y un hombre tan extraño y “profundamente egocéntrico” es capaz de poner las cosas en orden, imponer justicia donde sólo hay injusticas. Volvemos otra vez a las palabras, las palabras escritas, como la carta que envía Albert a la familia Péricourt: Un informe “que cayó como una bomba”

 

Podíamos hablar del final… pero no lo hagamos aún. Es pronto para despedirse de estos personajes. Esperemos un poco…

CUATRO MESES: NOVIEMBRE DE 1919- MARZO DE 1920

Seguimos hablando de lo que les sucede a estos dos jóvenes. A partir de este momento los acontecimientos irán más rápido, pasarán más cosas. Tendremos que estar atentos…

Vamos a contaros un secreto, esta historia no comienza con una guerra. Empieza con una carta (otra vez las palabras, sin ellas no podríamos contar historias). Si Albert no hubiera enviado aquella carta a la familia Péricourt, para informar de la muerte de su compañero, Madeleine no hubiese conocido a Padrelle y, ¡ahí lo tenemos! en el Jockey Club, “Arrellanado en un amplio sillón de cuero, con la pierna negligentemente apoyada en una de sus brazos”. De momento, todo le está saliendo bien. Consigue casarse con la hija de un millonario (no va a beneficiarse de su dinero pero sí de sus contactos); consigue unos buenos negocios que le van a hacer rico… Sin embargo, queridos lectores, a veces, la vida no sale como uno quiere.

morfinaTema delicado el de la morfina, pero si no… ¿cómo habría podido el joven soldado aguantar semejante dolor? “Édouard había abandonado el hospital Rollin a principios de junio. Días después había empezado a manifestar preocupantes signos de ansiedad, los escalofríos lo estremecían de pies a cabeza, sudaba muchísimo, vomitaba lo poco que comía… los primeros ataques por falta de morfina habían sido tan violentos que había tenido que atarlo a la cama y acolchar la puerta para que los propietarios no fueran a matarlo para que dejara de sufrir, y ellos con él. Daba miedo verlo: un esqueleto poseído por un demonio” Y ahí tenemos al cobarde de Albert buscando morfina por medio París…

angustiaHablar de la angustia es querer buscar las palabras, lo inefable. Resulta difícil, porque viene de muy dentro. “ No es le corazón, se dijo el señor Péricourt, Blanche es un imbécil. Es la angustia. Algo flotaba sobre él, algo pesado, amenazador… Cuando comprendió por qué sufría tanto, las lágrimas volvieron de golpe. Mordió la sábana con fuerza y soltó un largo y ahogado rugido, un rugido rabioso, desesperado, presa de una pena espantosa, desmesurada, como nunca hubiera imaginado que pudiera sentir… Le faltaban las palabras, su mente parecía como pulverizada, fulminada por una desgracia inconmensurable. Lloraba la muerte de su hijo” ¿Cómo redimirse?

Volvemosdibujo22 a la guerra, pero ésta es otra guerra.A medida que Édouard crecía y se hacía mayor, lo que sólo habían sido dudas y luego sospechas por parte de su padre se había convertido ante sus ojos en rechazo, animadversión, repulsa, cólera, repudio. Édouard había seguido el camino inverso: lo que al principio era una petición de afecto, necesidad de protección, poco a poco había derivado en   provocaciones en estallidos. En declaración de guerra”.

Esa guerra es la que le impide a Édourad volver a su casa. Puede que ya no esté en el campo de batalla, pero en aquella mansión continúa su guerra particular. Por eso, en aquel cuaderno escribe las palabras PADRE. Sin embargo, Albert no conoce esta batalla y por eso no comprende que haya decido malvivir en una pobre casa de París y con necesidades. “De haber estado en el lugar de Édouard, hasta con un boquete en la jeta habría vuelto allí para hartarse de aquella comida, de aquel ambiente, de aquel lujo, sin dudarlo un segundo”. La guerra, en general, no se entiende pero cuando la batalla se libra dentro del hogar, puede ser devastadora.

Un año: Noviembre de 1918-Noviembre 1919

Ha pasado un año. Nuestros personajes, Albert Maillard y Édouard Pericourt después de esa inútil batalla ordenada por el teniente Pradelle, ya no han vuelto a ser los mismos. Trescientos sesenta y cinco días dan para mucho, o no; la vida de estos jóvenes continúa, aunque como hemos leído, no muy bien. Vamos a tener paciencia porque, después de la tempestad viene la calma. Pensemos de lo que les sucede a los dos soldados en este primer año. ¿Reflexionamos?

 

Hablemos de guerra. Es la Gran Guerra, pero podría haber sido otra guerra cualquiera. Empezar una guerra es lo más fácil, lo difícil, querido lector, va a ser pasarla. Esta batalla empieza con un joven y un viejo: chiste-belico

 “Para llevar a cabo la misión de reconocimiento, el teniente Pradelle eligió a Louis Thériex y Gaston Grisonnier, un joven y un viejo, a saber por qué, la combinación de la fuerza y la experiencia, quizá. En todo caso, cualidades que de poco les sirvieron, ya que ninguno de los dos sobrevivió más de media hora al mandato… Se oyeron los disparos, tres, y luego, silencio total… A continuación se oyeron gritos. Cabrones. Los boches siempre igual, ¡qué malas bestias! Menudos salvajes, etceterá. ¡Además, un chico y un viejo!… los alemanes no se habían conformado con matar a dos soldados franceses, sino que habían atentado contra dos símbolos. Un auténtico furor, vaya. El mecanismo se había puesto en marcha”

 

 Sigamos. Hablemos de injusticias…. El mundo está lleno de ellas y en la guerra aún hay más. Si no, lector, cómo explicamos que la metralla se lleve toda la mandíbula     inferiSin títuloor del joven Édouard. Debajo de la nariz no hay más que vacío, se ve la garganta, el paladar y los dientes de arriba, y abajo, una magma de carne escarlata con algo al final, debe de ser la glotis, pero ya no hay lengua, y el esófago es un rojo y húmedo agujero…tiene veintitrés años” Pero, a veces, hay injusticias aún peores. Injusticias que hacen que un soldado que ha combatido en la guerra con una buena hoja de servicios, se orine, de pie en los pantalones, porque un superior le quiere hacer un consejo de guerra. Albert, como ya sabemos, se salva, pero esto no lo deja tranquilo, sueña con ello cada noche. El enemigo está en su propio bando. “Está claro que en la guerra es mejor ser una canalla que un buen soldado”

Sí, es difícil hablar de injusticias, lo sabemos. Pero, y si tuviéramos hablar de ellas, ¿qué contaríamos?

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Y aún más difícil es hablar de un enterramiento, “Estoy bajo tierra, piensa… El asunto toma un cariz terriblemente concreto cuando se dice: estoy enterrado vivo. Y al comprender la magnitud de la catástrofe , la clase de muerte que lo espera, cuando se percata de que morirá ahogado, asfixiado, se vuelve loco, instánea, totalmente loco. en su canbeza todo se confunde, y él aúlla, malgastando en ese inútil grito el poco oxígeno que le quedaba. Estoy enterrado, se repite hasta la extenuación, y su mente se abisma a tal punto en tan aterradora evidencia que ni siquiera se le ocurre volver a abrir los ojos” “No es verdad que el en momento de morir veamos toda nuestra vida en un vertiginoso instante, pero sí vemos imágenes. Algunas, muy antiguas… A Albert le falta el aire. Le duelen los pulmones, tiene espasmos. Trata de pensar. Pero no hay manera, la desesperación puede más que él, el espantoso miedo a la muerte le brota de las entrañas”

Esta parte de la historia comienza con un enterramiento y termina con un desenterramiento… Albert vuelve a la tierra.

Ahora, es el momento de oler. ¿Qué decís? Las primeras páginas huelen a tierra y ¿las otraíndices? “La habitación apestaba a carne podrida… La verdad es que incluso a Albert el olor a putrefacción se le agarraba a la garganta cuando volvía tras haber estado fuera un rato”