LECHE 4ª SESIÓN

“En la mayoría de mis cuentos existe la violencia, en diversas formas, la violencia física, pero también la violencia de la incomunicación.”

Marina Perezagua

En anteriores sesiones hemos navegado por los relatos de Marina Perezagua, por sus extraños personajes, por sus barrocas técnicas literarias y por todos esos aspectos que contribuyen a que sea una lectura un tanto difícil de digerir. Concluimos este club de
lectura dedicado a su colección de relatos Leche, con algunas reflexiones más en torno a su obra y con la opinión que nos merece.
Marina Perezagua bebe del manantial literario que supuso el cuento gótico, con Poe o Lovecraft; de la nueva narrativa de principios del siglo XX, con autores como Joyce, Virginia Wolf y sobre todo Kafka; de la narrativa breve hispanoamérica, como Juan Rulfo («El alga»), Cortázar («Un solo hombre solo») y Borges («Mio Tauro», «La tempestad»); incluso de influencias orientales, como la de Mishima, sobre todo en el tratamiento de los temas sexuales. En el panorama nacional, podríamos enmarcar a esta autora en ese renacimiento del relato dado a partir de autores como Eloy Tizón e Hipólito G. Navarro, entre otros.


Portadas de películas y libros


Hemos visto cómo los relatos de Marina Perezagua atacan a la psique del lector de forma mordaz y abusiva, le embarcan en su lectura por los derroteros que la autora le propone a través de un estilo narrativo que le deja postrado y solo ante el horror de lo
cotidiano que suponen sus historias.
En estos relatos, siguiendo una vez más a Magdalena Dobrowska, el efecto transgresor no llega de lo sobrenatural o milagroso, sino de una quiebra violenta, insólita y amenazadora de la estabilidad planeada dentro de los relatos, de los equilibrios o desequilibrios establecidos entre los mundos paralelos en que se mueven; por un lado, los personajes secundarios (e incluso de lector), es decir, un mundo que podríamos definir como «normal» y, por otro, el mundo “particular” de los protagonistas, un mundo que quiebra el equilibrio de la realidad y que esos protagonistas aceptan con total naturalidad.
A diferencia de la literatura fantástica, la transgresión en Perezagua no está ocasionada por una irrupción inquietante de lo sobrenatural, ya que los elementos sobrenaturales, presentes en algunos de sus cuentos, suelen ser aceptados sin sorpresa por
los protagonistas. Lo inadmisible o amenazante para ellos no es lo sobrenatural, sino lo que transgrede la estabilidad del peculiar orden que han asumido.
El narrador de Montevideo, última obra publicada por Enrique Vila-Matas, en torno a los cuentos de Julio Cortázar, habla de «la fragilidad de nuestra condición de seres civilizados, inscritos en la modernidad y el progreso, y lo fácil que en realidad nos resulta
involucionar a estadios de desarrollo primitivo». Pues bien, esa fragilidad se constata una y otra vez en los personajes de Perezagua.
Al despojar al ser humano de una de sus dos condiciones, la simbólica, y centrarse en la otra, la animal, la autora nos lleva a una visión aterradora del mismo, mostrando las limitaciones de aquello que denominamos cordura, sabiduría o locura. Lo instintivo y la necesidad vuelven al hombre un ser capaz de hacer lo que haga falta para sobrevivir y para calmar esos instintos y esas necesidades, convirtiéndolo en un ser egoísta, capaz de las mayores crueldades y violencias, y en un esclavo de las pulsiones primarias, quebrando el intento de orden social que busca crear la cultura (la condición simbólica del ser humano).
¿Compartimos su propuesta literaria?
Hay voces críticas que cuestionan la legitimidad ética del uso de catástrofes históricas con fines estéticos, pues consideran que cualquier intento de “estetización” de dichas catástrofes supone un cierto “opacamiento” de los hechos históricos, así como un
intento de explicación de sucesos que por su magnitud escapan a cualquier intento de comprensión humana. Por el contrario, otras voces consideran que el arte, sin fines espurios, aun deformando la realidad, logra acceder a verdades a las que de otra forma
sería imposible llegar.
En la obra que nos ocupa, este dilema se encarna fundamentalmente en los relatos de carácter documental: “Little Boy” contextualizado en los efectos de la primera bomba atómica, y “Leche”, relato que da nombre al libro, y contextualizado en la matanza china de Nanking a manos de los japoneses (a reseñar cómo la autora concibe a estos últimos, en el primero como víctimas y, en el segundo, como verdugos, un elemento de ambigüedad más a la hora de concebir su literatura, como el hecho de que los norteamericanos aparezcan en “Little Boy”, primero como verdugos y después como “redentores”, tratando de reparar a las víctimas de las consecuencias de la tragedia que antes provocaron con el lanzamiento de las bombas atómicas).
Por otro lado, hay voces que cuestionan la validez del estilo de Perezagua en el sentido de tratar de suavizar la escabrosidad de sus historias con un lenguaje que en ocasiones roza lo lírico, al punto de llegar a clasificarla como «un alma de poeta con dificultad de adaptarse al verso»; mientras que otras voces consideran esa mezcla, entre lenguaje frío y aséptico y lenguaje poético, un acierto no solo en cuanto a la expresión, sino también en cuanto a la utilización de un recurso literario que ahonda en lo temático al reforzar esa ruptura de cualquier tipo de orden o equilibrio que pretende la autora.
¿Y nosotros qué opinamos al respecto?
Que, en cuanto a la visión ética y poética de estos relatos, compartimos con Néstor Perlhonguer, que «el arte habita en cada rincón, hasta en los cadáveres», que la poesía, en verso o en prosa, anida en los habitáculos más recónditos, y que hallar el componente
lírico de aquello que se cuenta tiene mérito, y más tratándose de los escabrosos temas que toca la autora.
Nosotros, y de ahí el club virtual de este mes, consideramos la lectura de Leche imprescindible como una doble antítesis.
Por un lado, a esa visión positiva y sesgada de la naturaleza humana que trata de imponer nuestra sociedad consumista, en la que prima una felicidad sustentada en el hedonismo, pero a costa de esconder los aspectos negativos y perniciosos que conlleva
(recordemos el relato “Las islas”, por ejemplo, en el que el cumplimiento de un deseo particular se impone a cualquier imperativo filial, social e incluso moral). Y, por otro lado, a esa pesimista visión imperante en gran parte de la intelectualidad posmoderna que aboca a un nihilismo de nulas esperanzas en el género humano, abocado sin remedio a una próxima extinción (recordemos el relato “Homo coitus ocularis”, por ejemplo, en donde el amor se acaba imponiendo a la extinción humana, la vida a la muerte).
Con la lectura de los relatos de Leche, de lo que se trata es de abogar por un mayor conocimiento de la condición humana (fin último de toda literatura de calidad), por un mayor entendimiento entre ese Jekyll y ese Hyde que todos llevamos dentro, dos caras de una misma moneda, para llegar no solo a un mayor conocimiento de la naturaleza humana, sino también a una mayor comprensión de la misma. Por mucho que tratemos de evitarlo, por mucho que nos cueste admitirlo, siempre existe un lado oscuro en las personas, un lado que quizá sea mejor tener en cuenta que ocultar, para a partir de ahí lograr una cada vez mejor síntesis de lo que somos, aun sabiendo que un conocimiento completo sea como esos paisajes que siempre parecen mantenerse a la misma distancia a pesar de caminar sin parar en su dirección.

mujer nadando en el mar


Creemos que es bueno dejar hueco a voces como la de esta autora, voces que muestran su potencial a través de la práctica de sus valores literarios, pues conocimiento, razón y entretenimiento son las emociones que la lectura de Leche nos propone, con vuelcos constantes al corazón por la incertidumbre, el asco y la incomodidad. «Si miras al vacío, el vacío te devuelve la mirada», dijo Nietzsche y Marina Perezagua, como habitual de las aguas abisales, sabe mucho de ello.
Esperamos que os haya gustado esta colección de cuentos tanto como a nosotros.
¡Nos vemos!

LECHE 3ª SESIÓN

“Los monstruos más temibles son los que se esconden en nuestras almas”.

Edgar Allan Poe

“Solo hay un medio para matar los monstruos, aceptarlos”.

Julio Cortázar.

En las anteriores sesiones hemos buceado en el particular universo literario de Marina Perezagua, enfrentándonos a una cierta violencia lectora provocada por los temas, argumentos y personajes de sus relatos. Pero, ¿qué sería de nosotros, seres humanos, sin polémica y controversia? Como dijo Kafka «Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro». ¿Y acaso Leche no es uno de esos libros?

Foto de dos hombres de rasgos asiáticos con gafas

¿Quién no se ha planteado alguna vez el porqué de la incomodidad provocada por esos ciborgs o robots que cada vez intentan replicar con más fidelidad el aspecto y el comportamiento humano?, ¿acaso no nos inspiran un cierto sentimiento de reflejo negativo en cuanto a nuestro propio ser?

Tal vez la respuesta haya que buscarla en torno al «Valle Inquietante», concepto estético acuñado por Masahiro Mori, que reza que cuanto más parecidas sean las facciones de los robots a las de los seres humanos, más incómodos se sentirán estos al observarlas, pues identifican algo en ello como desagradable, extraño. El estilo narrativo de Marina Perezagua se aproxima en cierto modo a este concepto, pues no solo los temas, los personajes y los acontecimientos relatados llevan al desasosiego, también su forma de expresarlos lleva a la extrañeza de quien lee estas historias.

En Leche nos encontramos ante unos textos con unos narradores muy focalizados, con predominio de la primera persona o, en su defecto, narradores en tercera persona pero limitados al ángulo de visión de los protagonistas. Estos narradores-protagonistas sumergen al lector en sus mundos particulares a través de las pistas que dan de aquello que los rodea. Además, el punto de vista adoptado por estos narradores se localiza a una distancia moral y emocional de las acciones que cuentan que contribuye a generar incomodidad en el lector, no habituado a tal distancia, con lo que la autora consigue aproximarse a ese «Valle Inquietante» de Masahiro Mori.

Según Magdalena Dobrowska, las historias de Perezagua se asemejan a los «extraños relatos» recopilados por el neurólogo Olivier Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, en los que, al modo de los héroes de las fábulas clásicas, presenta a sus pacientes como «viajeros que viajan por tierras inconcebibles… tierras de las que si no fuese por ellos no tendríamos idea ni concepción ninguna». Sacks estudia casos en los que las condiciones orgánicas sirven como “puertas de acceso” al más allá o a lo desconocido: «Nos adentramos aquí en aguas desconocidas, donde pueden cambiar completamente de sentido todas las consideraciones habituales, donde enfermedad puede ser bienestar, y normalidad, enfermedad»» (y si no, que se lo digan a H, de “Little Boy”, o la protagonista de “Él”).

La normalidad en estos relatos suele estar representada por el “mundo normal” de los personajes secundarios (incluso del lector), un mundo que se enfrenta a los «mundos particulares” de los protagonistas, lo que genera ambigüedad, e incluso en muchas ocasiones violencia. Pero la coherencia con la que están construidos esos “mundos particulares”, permite a la autora una naturalización de la violencia. El extraño comportamiento de los protagonistas “se normaliza”, es decir, su crueldad y su violencia se muestran coherentes, naturales e inocentes dentro de sus “mundos particulares”, lo que tiende a resultar inquietante para el lector, que difícilmente comparte sus transgresores comportamientos.

Una de las caras, y no de las menos importantes, de ese choque entre mundos distintos es la incomunicación entre los protagonistas y los personajes secundarios (e incluso el lector), cuyo reflejo más evidente, el silencio, enhebra a modo de hilo conductor los relatos de forma similar a cómo apuntamos respecto a la simbología de la leche. Un silencio al que se ven abocados los personajes y que encaran de diversas maneras.

Por ejemplo, el silencio autoimpuesto de H, la protagonista de “Little Boy”, para no ser acusada de farsante en la asociación que ella misma ha creado, o el silencio de la mujer de “Él”, que calla para escuchar las señales del cuerpo que cuida, o el silencio de la narradora de “Mio Tauro”, al que se ve abocada ante las inquisitoriales voces humanas de la sociedad; o el silencio como escudo protector de la niña de “Aurática”, corroído por la cruda realidad a la que tiene que enfrentarse sin su hermana; o el silencio como refugio en “El piloto”, para que el narrador no caiga de nuevo en el vacío existencial provocado por las lagunas de su memoria; o el silencio como castigo en “Las islas” para el padre que abandona a sus hijos a la deriva; o el silencio de Alba en “El alga”, como estrategia para alejarse de unas perniciosas relaciones familiares.

La mayoría de las veces les resulta difícil a los personajes escapar a ese silencio y si, pese a ello, lo consiguen, suele ser a un alto e incluso cruel precio, como el silencio roto del niño en “Blanquita” tras el sacrificio de su mascota, o como el silencio roto como venganza por la hija en “El aniversario”, o como el silencio animal roto por la mirada humana en “Homo coitus ocularis” desoyendo la amenaza humana que pesa sobre el planeta Tierra.

También en el aspecto formal se refleja el despojamiento de lo cómodo y seguro a un doble nivel lingüístico. Por una parte, y como ya hemos apuntado, combinando un lenguaje escueto y enigmático con otro lenguaje poético, sugerente y simbólico, con el que se intenta expresar lo más importante. Por otra, con la asiduidad de la autora al recurso a la literalidad, es decir, a tomar al pie de la letra expresiones normalmente figuradas.

Perezagua da una vuelta inesperada y cruel a los tópicos, los lugares comunes y las metáforas, con lo que consigue una naturalización de lo monstruoso. En sus relatos, los tópicos dejan de ser evanescentes ideas, expresiones vacías, para convertirse en auténticos actos, los lugares comunes dejan de serlo para convertirse en situaciones concretas y las metáforas dejan de ser comparaciones para convertirse en realidades. Esta desestabilización de tópicos, lugares comunes y metáforas -«su peculiar reactualización o traducción», en palabras de Dobrowska- siempre toma un giro material, físico y violento, dando pie a lo monstruoso, lo que a veces hace que los relatos tomen una deriva monstruosa que los acerca al cuento de terror.

Así pues, siguiendo a Dobrowska, encontramos en la obra de Perezagua una intencionalidad por la transgresión que se manifiesta en tres niveles y con tres recursos fundamentales:

  • A nivel temático, con la naturalización de conductas socialmente inaceptadas o legalmente prohibidas (relacionadas en la cultura occidental, sobre todo con la sexualidad, como en “Trasplante”-pederastia-, o “Mio Tauro” -incesto-, o con la violencia, como en “El aniversario”).
  • A nivel sintáctico, con los distintos registros semánticos que utiliza (poético, aséptico, alegórico…), con los que genera una mezcla ambigua en la sensibilidad del lector en torno a la belleza, el horror e, incluso en ocasiones, el asco.
  • A nivel comprensivo, con la ruptura de las expresiones figuradas que son tomadas literalmente, en vez de metafóricamente, lo que lleva a situaciones extrañas que a veces rozan lo fantástico.

Atendiendo a lo comentado, la lectura de los relatos de Leche exige del lector una cierta ruptura en sus hábitos de compresión lectora para tratar de llegar a la verdad literaria y humana que Perezagua propone.

Foto retrato de mujer morena

¿Estamos dispuestos a ello?, ¿estamos dispuestos a entender e incluso a comprender y compartir su propuesta?

¡Nos vemos en la próxima entrega!

LECHE 2ª SESIÓN

Imagen de señora dando el pecho a bebé durante un conflicto bélico

“Las leyes son silenciosas en tiempos de guerras.”

Cicerón

“Los monstruos más temibles son los que se esconden en nuestras almas.”

Edgar Allan Poe

Las calles, avenidas y carreteras de nuestro asombro nos permiten avanzar ante las neblinas del horizonte que, pese a nuestros pasos, siempre permanece lejos. La magia oculta de lo real nos fascina, la liturgia del conocimiento nos impele a continuar, por eso ¿cuán seguros podemos estar de conocer el mundo que nos rodea? Es más, ¿cuán seguros podemos estar de conocernos por completo a nosotros mismos?

Veamos qué nos dice al respecto Marina Perezagua a través de los catorce relatos dispares que conforman Leche.

Dispares en cuanto a su extensión, que oscila desde “Little Boy”, considerado por algunos críticos como una novela breve, hasta “Blanquita”, que podría considerarse un microcuento. Dispares en cuanto a su género -o más bien subgénero- literario, pues abarca relatos de tipo documental como “Leche”, último de los relatos de la colección, hasta fantásticos como “Mio Tauro” (escrito, además en forma epistolar) e incluso distópicos como “Aurática”, entre otros. Dispares en cuanto a su temática, desde las complejas relaciones familiares (“La isla”), pasando por el incesto (“Mio Tauro”), el sexo (“Little Boy” y “Homo coitus ocularis”), la enfermedad (“Transplante”), hasta el crimen y el monstruo interior que se agazapa en cada uno de nosotros (“El piloto” y “Un solo hombre solo”). Dispares en cuanto a su geografía y ambientación, desde idílicos entornos marítimos como los de “La isla” o “El alga”, pasando por escenarios que no por apocalípticos son menos reales, como en “Leche” y “Little Boy”, hasta parajes distópicos, como en “Aurática” o “Él”, donde no se especifica lo que ha sucedido explícitamente, pero se entreve a través de lo que se cuenta en las historias. Y dispares en cuanto al tiempo, desde la intemporalidad de lo mítico (“Mio Tauro”), pasando por la atemporalidad de lo alegórico (“Blanquita”, “La isla”), hasta la temporalidad concreta de lo histórico (“La Tempestad”, “Little Boy”, “Leche”).

“Leche” nos retrotrae a una de las antesalas de la Segunda Guerra Mundial, en concreto a la Masacre de Nanking, enmarcada en la segunda guerra sino-japonesa que comenzó en julio de 1937 y durante la cual -seis semanas, con el beneplácito de las autoridades japonesas- la población china de Nanking se vio sometida a todo tipo de barbarie, vejación y violencia: violaciones, mutilaciones, asesinatos de bebés, matanzas, masacres de todo tipo (incluido un concurso por ver qué oficial japonés era capaz de decapitar a más habitantes con su espada). (En torno a este vergonzoso episodio histórico recomendamos la lectura de La violación de Nanking: El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial, de Iris Chang. Capitán Swing, 2016).

Masacre de Nanking. Aparecen ejecuciones por parte del ejército japonés

«Record increíble (Competencia para matar 100 personas- Mukai 106- Noda 105-) Ambos Tenientes van a los extras»

Paradójicamente, la historia, que suele ser pendular, a veces convierte a aquellos que en su día fueron vencedores (o verdugos) en vencidos (o víctimas). “Little Boy” se enmarca tanto en la Hiroshima de agosto de 1945, cuando EE.UU lanzó Little Boy, la primera bomba atómica, sobre esa población japonesa, como en EE.UU y el propio Japón en las siguientes décadas, con el drama generado por la explosión de las bombas, y, sobre todo, con las consecuencias de la radioactividad en la población japonesa de Hiroshima y Nagasaki (donde unos días después de lanzar la primera, EE.UU lanzó Fat Man, la segunda bomba atómica). (En torno a este, también vergonzoso, episodio histórico, recomendamos la lectura de Hiroshima, de John Hersey. Debate, 2015).

Hombre japonés sobre tejado después de una explosión

Pese a tamaña variedad, en forma y contenido, subyace en estos relatos un hilo conductor que, a modo de símbolo o de alegoría, los ensarta y cose: la LECHE, como elemento primordial y primigenio de la vida: leche como semilla (“Mio Tauro”), leche como reproducción (“Homo coitus ocularis”), leche como alimento (“Leche”), incluso leche como ilusión (“Little Boy”); distintas facetas del símbolo que se despliegan desde una perspectiva temática, reforzada, además, a través del campo semántico utilizado por la autora: «hipertrofia mamaria..» (“Little Boy”), «me he tocado los pechos […], tras tirar la copa de leche…» (“El aniversario”), «cuelo mi mano en tu pecho» (“Homo coitus ocularis”), «me mediste el pecho» (“Mio Tauro”)…

En la entrega anterior mencionamos el desasosiego que puede provocar la lectura de estos relatos en el lector y, pese a ello, la necesidad de leerlos, sin prejuicios, con una cierta distancia emocional para tratar de alcanzar una cierta empatía y comprensión ante las más profundas motivaciones de sus personajes. No es fácil, pero hay que intentarlo. Para ello, entre otras fuentes, nos valdremos del interesante artículo de Magdalena Dobrowska, «Mundos autónomos y la transgresión en Marina Perezagua» (Siglo XXI. Literatura y Cultura Españolas 16, 2018. Págs 47-168).

En cada uno de los relatos de Leche se genera un mundo propio donde sus protagonistas orbitan ajenos al asombro, la incomodidad o la extrañeza que el lector pueda experimentar en su lectura; lo que al lector le choca es, sin embargo, asimilado como algo lógico, normal e incluso, en algunos casos, necesario (el semen como alimento en “Leche” o los obsesivos cuidados en “Él”), por los protagonistas de estos relatos.

Gran parte de ese desasosiego se debe a que, como apunta Magdalena Dobrowska, los mundos autónomos de Perezagua se construyen en oposición, en conflicto o incluso como denuncia, protesta o provocación contra todo lo establecido, normativo, cómodo y convencional. Y aunque el lector experimente desconcierto ante los acontecimientos relatados, frecuentemente extraños o incluso insólitos, el efecto final no supone vacilación alguna o asombro respecto a la coherencia interna con la que la autora construye esos mundos autónomos, paralelos, peculiares, a través de sus protagonistas, que viven en ellos -y nos lo cuentan- como si se tratase de algo de lo más normal. La fantasía linda tan estrechamente con la verosimilitud que incluso aquellos relatos inspirados en escenarios apocalípticos o distópicos, se nos muestran como pequeñas briznas de extrañeza frente a los temas usualmente tabúes que se tratan y que nos revelarán la ficcionalidad del texto.

Los personajes de Perezagua, según Dobrowska, viven en mundos autónomos, construcciones coherentes que se rigen por reglas propias, en la que se integra y naturaliza lo raro y lo insólito. Sin embargo, su orden alternativo se muestra en conflicto con el orden tradicional y, por lo tanto, se encuentra casi siempre en peligro de destrucción. El planteamiento original y característico de esta autora consiste en vincular la inminente desestabilización con la coexistencia conflictiva de mundos paralelos. La quiebra del orden no se produce a causa de la irrupción de un fenómeno inexplicable puntual dentro del “orden domesticado”, sino que ocurre como consecuencia de un enfrentamiento entre mundos paralelos autónomos: el alternativo (de la fantasía, en el que viven los protagonistas) y el convencional (en el que viven el resto de los personajes, e incluso el lector).

Hemos hablado de temas, de contenidos, de contextos y de algunos aspectos literarios de los relatos de Leche. De forma somera, sí, pero suficiente como para poder hacernos una idea de que muchas veces la realidad es distópica y cruel hasta resultar inverosímil. Como ya preguntábamos al inicio de estos apuntes, ¿quién no ha escuchado alguna vez, e incluso experimentado de alguna forma, la vieja frase «la realidad supera la ficción»? Marina Perezagua, con estos relatos, nos ofrece píldoras de ese dolor que se libera por las grietas de la realidad; la cuestión es si estamos dispuestos a seguir tomándolas, a seguir soportando sus efectos secundarios. Por nuestra parte, seguiremos ahondando en la herida lectora de todo ello.

¡Nos vemos en la siguiente entrega!

LECHE 1ª SESIÓN

«Todos tenemos ideas perversas, incluso aterradoras, en algunos instantes.

Estos cuentos narran sólo qué es lo que puede ocurrir cuando permitimos

que un instante de perversión se dilate en un minuto, en una hora, en una vida»

Marina Perezagua

¿Quién no ha escuchado alguna vez la vieja frase «la realidad supera la ficción» ?, ¿y quién no ha pensado alguna vez que tal frase no era más que un «cuento chino» inventado por alguien para enaltecer una anécdota del pasado sin importancia?

Pues bien, este mes dedicaremos este club de lectura virtual a Leche, de Marina Perezagua, una colección de cuentos chinos que harán que nos planteemos la veracidad de la dichosa frase y que nos harán dudar sobre si lo que leemos son historias reales o ficticias, si los personajes que nos acompañarán, existieron o no alguna vez más allá de las páginas impresas, y si lo que les sucedió tuvo lugar o no en algún momento de la historia. La nebulosa ficción/realidad se hará tan densa con la lectura de estos relatos que llegaremos incluso a plantearnos si realmente existen los minotauros.

Portada del libro Leche junto a imagen de la autora del libro

Pero… ¿quién es la autora de Leche?

Nacida en Sevilla en 1978, Marina Perezagua es una de las prometedoras voces de las letras hispanas. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, se doctoró en Filología Hispánica en Estados Unidos. Tras pasar una temporada en Francia volvió a Estados Unidos para ejercer la docencia. Habitual colaboradora de El País, con sus artículos periodísticos demuestra un activo compromiso tanto social («Teta que mano no cubre…», «Buenos días pederasta») como personal («Amar al monstruo», «Permitan que el amor rompa el alma de mi hija»); artículos que además de permitirnos conocer un poco más de su faceta privada, nos ayudan a entender mejor su obra, dados los reflejos personales que asoman en sus relatos (por ejemplo en la relación familiar un tanto atormentada con su padre, lo que se verá reflejado en alguno de los relatos de Leche). Una de sus mayores aficiones es la apnea o buceo a pulmón libre, algo que se refleja en algunos de sus relatos y algo para lo que tenemos que estar preparados, pues la lectura de Leche supone una arriesgada inmersión en la que por momentos nos puede faltar la respiración.

Marina Perezagua se dio a conocer en el panorama de las letras españolas con dos libros de relatos, Criaturas Abisales (Los libros del Lince, 2011) y Leche (Los libros del Lince, 2013), obra en la que nos detendremos. Yoro (Los libros del Lince, 2015), su primera novela, continúa con la historia de uno de los protagonistas de sus cuentos, así como la novela Seis formas de morir en Texas (Anagrama, 2019) vuelve a inspirarse en otro de los relatos de Leche, con lo que vemos que la autora plantea una obra abierta en la que se intercomuniquen las obras concretas que escribe. Variando un poco su registro habitual, publicó la novela Don Quijote en Manhattan (Los libros del Lince, 2016), en la que explora un estilo más caricaturesco y satírico. No solo escribe en castellano, también en inglés, un ejemplo de ello es su novela The story of the H (Ecco, 2018), basada en el relato de Leche «Little Boy». Ha sido incluida en la antología Esas que también soy yo. Nosotras escribimos (Ménades, 2019) y según declaraciones propias prepara la inminente publicación de dos obras.

La obra literaria de Marina Perezagua se caracteriza por la intensidad narrativa generada por las oscilaciones y la fricción entre lo extraño y lo cotidiano, entre la ambigüedad y el carácter transgresor del planteamiento de sus temas (la crueldad, las obsesiones, la perversión, la violencia, lo socialmente inaceptable). La idea central de sus historias es la insólita e inquietante inestabilidad de cualquier tipo de orden que se ve alterado por grietas en las convenciones sociales, grietas por las que asoma el horror a lo cotidiano. Sus personajes, en ocasiones alegóricos, oscilan entre lo real y lo fantástico, de modo que, junto con la presencia de lo insólito en sus narraciones, lleva a plantarse si su obra supone una renovación del género fantástico. Y todo ello con un lenguaje ambiguo en el que lo lírico se mezcla con lo aséptico generando una sensación de extrañeza en el lector.

Leche es una colección de catorce relatos que, a través de distintos tiempos y espacios, navegan con un nexo común: la siempre paradójica, contradictoria y extraña condición humana. La guerra, la enfermedad y la muerte, la opinión de los demás, el físico y la estética como altar ético y moral, y sobre todo el terror de lo cotidiano, agazapado tras los convencionalismos sociales, son temas que a modo de interrogantes inquietan a la humanidad desde la antigüedad y en todos los rincones del planeta. Como buena letraherida, lejos de proponer soluciones, y haciendo gala de su afición a la apnea, María Perezagua nos sumerge de lleno, a pulmón libre, en las abisales aguas de esos interrogantes, convirtiéndonos en testigos, pero a la vez en protagonistas, a través de unas historias que nos acercan a los límites humanos y nos obligan a reaccionar, incluso a tomar partido, ante las posibles respuestas a que esos dilemas existenciales nos pueden abocar.

El lector, ante la lectura de estos relatos, se enfrenta al desasosiego, intencionado por parte de la autora y sustentado tanto por la provocativa forma de abordar los temas, por el planteamiento y desarrollo de las tramas, así como por las acciones y actitudes de los protagonistas; a lo que hay que sumar las variaciones extremas en el tono del lenguaje utilizado -desde una fría asepsia hasta auténticos alardes de lirismo-, y una premeditada ambigüedad entre ficción y realidad, entre familiaridad y extrañeza, entre caos y orden, que amenaza cualquier intento de equilibrio. De ahí que recomendemos la inmersión en su lectura con gafas de buceo que, por un lado, nos permitan ver con nitidez, sin prejuicios, el turbulento fondo de ese océano narrativo, pero, por otro, a través de su cristal, nos permita una cierta distancia emocional para tratar de alcanzar una cierta empatía y comprensión ante las más profundas motivaciones de sus personajes.

«Algo late, algo vive, algo es, entre los escombros de nosotros mismos», escribe Ray Loriga en el prólogo del libro. La deconstrucción de uno mismo con el fin de atisbar entre sus escombros el mal que lo aqueja, la hipérbole del mismo y, por último, la catarsis a través de la lectura, son los motivos que nos han de guiar en la lectura de estos relatos.

Como dice Loriga: «Merece la pena dejarse llevar de sorpresa en sorpresa (y no se trata específicamente de sorpresas agradables), por estas páginas a menudo desconcertantes y a menudo crueles, pero finalmente necesarias y exactas».

¿Queréis seguir averiguando qué parte de vosotros se esconde en los relatos de Leche?

¡Os esperamos en siguientes entregas!

4. Cuestiones a debatir y valoración final

Para finalizar la lectura de El baile de las locas, os proponemos un pequeño debate sobre algunas cuestiones que nos plantea la novela.

Podéis dejar vuestras respuestas y avivar el debate, contestarlas para vosotros o leer y responder los comentarios de otros, porque eso es una de las cosas más fantásticas que nos ofrece la lectura compartida, poder conocer las opiniones de otros, respetar que no todos somos iguales y abrir nuestra mente para comprender a los que piensan diferente.

A cada uno  le ofrece distintas sensaciones un libro y por su personalidad, su forma de vida, su situación actual y su forma de pensar tiene una u otra opinión sobre el mismo.

Cuanto más variadas sean las respuestas más rico el debate. Gracias por adelantado:

1.-La diferencia entre lo que suponía para un padre tener un hijo o una hija, es patente desde el primer momento. ¿Aún hoy en día hay diferencias?

2.-”Una mujer que se rebeló contra las infidelidades de su marido, internada en las mismas condiciones que una indigente que enseñaba el pubis a los viandantes” ¿Cómo puede ser la vida de una mujer en una sociedad así? ¿Cómo podría ser la vida de alguien sano mentalmente que es internado con enfermos?

3.-El libro nos describe la vida en un centro, en un sanatorio de la época y señala el aburrimiento como el peor de los males. ¿Sigue siendo así? ¿Es el aburrimiento un mal acompañante para personas con problemas mentales?

4.-Louise mantiene una relación con un interno, que le promete amor y libertad. Las relaciones entre personas que no son iguales, que no están al mismo nivel intelectual, ¿las podemos ver o no, como un abuso? Louise tenía compañía, algo a lo que agarrarse. ¿era bueno para ella o malo?

5.-Las personas que trabajan en la Salpêtrière son rígidas, no se permiten ningún contacto con los enfermos. ¿Algunas profesiones tendrían que ser vocacionales?. Muchas veces nos preguntamos algo así, ¿es suficiente con ganar un puesto o aprobar una oposición o es necesario algo más, no sólo demostrar que intelectualmente se vale para el puesto? ¿Se deberían exigir otras cualidades? ¿Es posible trabajar mecánicamente cuando se trabaja con otras personas? ¿Se pueden dejar de lado los sentimientos?

6.-Su madre y su abuela dejan que el padre se lleve a Eugénie. ¿Es crueldad por su parte, impotencia por saber que no se puede hacer nada o, simplemente, estar de acuerdo con el modo de pensar de la época, aceptando las normas?

7.-Los tipos de tratamiento que recibían las enfermas nos dejan hoy «mal cuerpo». ¿Se entienden, se pueden ver en un contexto y una época determinada o lo vemos una aberración?

8.-El libro se plantea como un enfrentamiento entre ciencia y religión. ¿Ambas pueden convivir?

9.-Geneviève descansa y respira cuando por fin conoce lo que es creer. Hay muchos relatos que hablan de eso, la ausencia de algo en las personas no creyentes. ¿Estáis de acuerdo? ¿Falta algo a lo que agarrarse?

Por último ¿Cuál es tu valoración final? ¿Cuántas estrellas le das a «El baile de las locas»?

Puntuación: 1 de 5.