EL ESPÍRITU DEL TIEMPO III

NAZISMO: TEORÍA Y PRÁCTICA

«Como dice Goethe, siempre hay una gran sombra detrás de una gran luz».

(El espíritu del tiempo. Martí Domínguez)

Para los nazis el Estado era un organismo vivo en el que cada una de sus células (individuos) debía contribuir a su perfecto funcionamiento, lo que requería un mando sin disensiones, capaz de extirpar, incluso por la fuerza, cualquier amenaza que perjudicase ese funcionamiento (estado totalitario). Su destino era alcanzar el puesto que genéticamente la naturaleza (sociedad de sangre) le había otorgado como raza superior (aria), y que había perdido por degeneración al mezclarse con razas inferiores (racismo). Para ello, era preciso depurar la sangre (higiene racial, eugenesia), eliminando los “elementos” impuros (antisemitismo) que la habían contaminado a lo largo de la historia y recuperar, primero, el Lebensraum (espacio vital) y, luego, conquistar el mundo (imperialismo), hasta que los alemanes alcanzasen su lugar como aristócratas (elitismo) y dirigentes de la humanidad (colonialismo). «El Führer ha prometido que después de la guerra no habrá trabajador alemán que haga trabajos físicos, el nacionalsocialista es demasiado distinguido para eso. Es un aristócrata. Esta clase de trabajos serán realizados por hombres de los pueblos conquistados. A nosotros se nos encargará dirigirlos y controlarlos», ledice Beutelspacher al protagonista.

Un componente esencial para alcanzar sus metas fue el mesianismo que los nazis inficionaron en el pueblo alemán («nosotros éramos el pueblo elegido, la raza pura que había que preservar, la cultura que dotaría a la especie humana de un futuro aún más glorioso y sublime»), encarnado en la figura de Hitler («pensar en mi padre me reconfortó. Tenía una fe ciega en el Führer, creía en él, en Él. Era una especie de creencia sobrenatural, de carácter religioso, como si fuera una nueva reencarnación del Mesías. Un mesías no judío, claro está. Pero un nuevo redentor, que tenía unos poderes sobrenaturales, enviado por la providencia»).

Elemento importante que contribuyó a ello fue el sometimiento de la ciencia a la ideología nazi; su justificación “científica” y contribución práctica a medidas eugenésicas extremas y a la expansión territorial. Que los científicos en vez de ajustarse a principios científicos, sean influidos por las ideologías imperantes (“espíritus del tiempo”), no impide la generación de conocimientos científicos universales y bien fundamentados, lo que resulta peligroso, sobre todo en regímenes totalitarios, porque relativiza el poder real de la ciencia en manos de ingenieros y políticos, y exculpa a los científicos que apoyan voluntariamente esas ideologías y prácticas inmorales con su trabajo y prestigio («yo cultivaba la ciencia, y lo que después se hiciera con ella no era de mi incumbencia. Del mismo modo que el fabricante de cuchillos no debe sentirse culpable si estos, en última instancia, se utilizan para acuchillar o destripar al prójimo»). Los científicos alemanes, a menudo sin presión política, violaron los principios éticos científicos y apoyaron los objetivos racistas e imperialistas nazis. Muchas de las ideas raciales de los nazis no eran consideradas como científicas por los propios científicos alemanes, pero se convirtieron en cómplices al apoyarlas para ser recompensados con cargos o apoyo a sus investigaciones («el exterminio tenía que estar justificado científicamente, o al menos parecerlo. Para eso subvencionaban nuestros estudios»). Que el nazismo intentase reemplazar el internacionalismo científico (al que tildaba de judaísmo) por un nacionalismo científico, era otra de las consecuencias de concebir el Estado como un organismo vivo que lo comprende todo (holismo). La ciencia, convertida también en producto de la sangre que alimenta ese organismo, alcanzó no sólo a las ciencias relacionadas con lo racial, sino al concepto científico en su totalidad. («¡Hagamos ciencia alemana! ¡Y hundamos de un vez por todas y para siempre a la ciencia judía!», dice Knoll). Los datos desmienten que se pueda considerar la “ciencia nazi” como obra de unos pocos “sabios locos” comprometidos con las atrocidades del régimen: el 99 % del profesorado universitario no renunció a su puesto tras la llegada de Hitler al poder y continuó con su trabajo en instituciones donde la nazificación era patente.

El impacto más negativo para la ciencia durante el nazismo fue el despido y emigración forzada de los científicos judíos con la aprobación de la Ley de la Función Pública (1933), que disponía el cese de los funcionarios no arios. No hubo protestas públicas (pese a que la mayoría de los judíos se sentían alemanes), ni muchas privadas. Razones determinantes para este silencio fueron: la insolidaridad («ni yo ni ninguno de sus viejos colegas quiso saber nada más de él»), la obediencia a la ley (la mayoría eran funcionarios), el interés personal (las vacantes se cubrieron por personal más joven, a menudo miembros de las organizaciones nazis. «Me confesó que estaba desengañado, que no había podido poner entre los decanos y otros cargos universitarios a los mejores, sino a aquellos que tenían más poder en el partido», se lamenta Carstens) y el antisemitismo (poco apoyo profesional podía esperar quien se opusiese). Muchos se beneficiaron de programas de investigación que convirtieron sus disciplinas en “ciencias de legitimación” del nazismo, es decir, “ciencias combatientes”, algo muy acorde con la identificación nazi entre pensamiento y acción («el conocimiento no es suficiente, debemos utilizarlo», dice Knoll; «El Tercer Reich necesita sabios guerreros, y no eruditos quisquillosos», dice Hans Beyer). A veces los despidos se impusieron de manera improvisada y brutal (caso de H. L. Przibram contado en la novela).Aunque el personal académico no era abiertamente antisemita antes de 1933, y en muchos casos existían amistades entre colegas judíos y no judíos (caso del matrimonio Bühler con la doctora Hetzer y el protagonista), sí existía desde los años veinte un fuerte antisemitismo entre el personal más joven y los estudiantes, representantes de la «revolución nacionalsocialista» en las universidades, que presionaron para la total expulsión de los judíos de ellas.

Viena –ciudad del protagonista- fue la más afectada por la gran cantidad de científicos de origen judío que tenía. Tras el Anschluss, el rector Knoll «despidió a cerca de trescientos profesores de la universidad por ser judíos o tener algún antepasado semita», más del 30 % del personal científico, y el propio Knoll en la novela le dice al protagonista: «¿Sabe a cuántos ha expulsado Pernkopf? ¡A 153 de 197! ¡Entre ellos tres premios Nobel!»; en ninguna otra universidad se despidió a tantos científicos en tan poco tiempo por motivos racistas y políticos.

En el contexto histórico del “espíritu del tiempo”, analizado en la anterior entrada, y que favoreció el ascenso del nazismo, aplazamos uno de los elementos cruciales: el desarrollo de la eugenesia en los países occidentales.

Prácticas eugenésicas se han aplicado a lo largo de la historia por distintos pueblos, pero fue en la Inglaterra de la segunda mitad del s. XIX cuando la eugenesia despegó gracias al desarrollo de la tecnología (positivismo de Comte) y la genética (redescubrimiento de las leyes de Méndel), el “darwinismo social” (adaptación de la teoría evolutiva de Darwin a la sociedad: individuos, grupos y sociedades están sujetos a las mismas leyes de la selección natural), y sobre todo al pensamiento de Francis Galton, quien en 1883, propuso el término “eugenesia” (buen nacer) como la ciencia que permitía mejorar la herencia en la especie humana. Marcado por el “espíritu del tiempo” (racista y clasista) de la época, asociaba la mejora de las razas y el progreso de la humanidad a la conservación y consolidación del imperio británico y criticaba a la sociedad inglesa porque, debido a las “cómodas” condiciones de la vida urbana (caridad, protección social, sistemas sanitarios y menor exposición a las amenazas naturales), las clases “menos aptas” se reproducían a mayor velocidad que las “más aptas”, lo que además de suponer una degeneración de la población, suponía un enorme gasto. Galton oponía la raza (herencia) al ambiente (crianza). Consideraba que el medio no interfiere en la herencia (en contra de la teoría de los caracteres adquiridos de Lamarck). La selección natural y la herencia son los dos elementos centrales de su pensamiento. Mientras la primera permite explicar el progreso de las sociedades (“darwinismo social”), la segunda posibilitaba la identificación de los mejores individuos a partir de su historia familiar. Así pues, la especie humana se podía “perfeccionar” mediante selección artificial, favoreciendo la reproducción de los “mejor dotados”.

La eugenesia despegó a principios del s. XX en buena parte de los países occidentales porque suponía una alternativa científica y biológica para resolver problemas a los que se enfrentaba la sociedad. La 2ª Revolución Industrial conllevó un éxodo masivo del campo a la ciudad, lo que provocó un agudo desequilibrio demográfico y agravó la convivencia en las grandes urbes (hacinamiento, desigualdad, criminalidad, alcoholismo, prostitución, epidemias, mortalidad infantil, trastornos mentales, conflictos étnicos). La asistencia social y privada resultaron insuficientes para paliar la situación y los psiquiatras, convencidos de que algunos de esos trastornos eran hereditarios, perdieron la esperanza de encontrar cura, lo que hizo que en vez de buscar nuevos tratamientos, se centrasen más en apartar a quienes generaban tales problemas. El miedo a la degeneración llevó al control, identificación, aislamiento y manipulación de la amenaza. Las clases altas y medias se inquietaron; los ricos porque su tasa de natalidad descendía, mientras la clase obrera se reproducía a mayor velocidad; la clase media porque consideraba una amenaza a los inmigrantes y campesinos pobres. Punto de inflexión en el desarrollo de la eugenesia fue la 1º Guerra Mundial, con la gran mortandad de jóvenes en edad procrear y el alto número de mutilados, a quienes los gobiernos tuvieron que facilitar la subsistencia, lo que agravó la carga para países que estaban arruinados como consecuencia de la guerra. El crack del 29 agudizó la situación con el aumento de pobres y parados, lo que provocó tensiones sociales y racistas. Muchos gobiernos se vieron obligados a seguir una política intervencionista, o incluso a aceptar sistemas totalitarios (dictaduras o fascismos).

En países como EE.UU., Alemania e Inglaterra se crearon sociedades eugenésicas que a través de la propaganda y la educación esperaban la aceptación voluntaria de sus programas, pero los gobiernos no tardaron en convertirlos en asunto de Estado, mediante la eugenesia, “positiva” (fomentar una natalidad sana) o “negativa” (impedir la reproducción de algunos individuos: restricciones a la inmigración, segregación racial y sexual, prohibición de matrimonios “interraciales”, internamiento y esterilizaciones forzosas…). En general, la eugenesia negativa estaba dirigida a las clases bajas, mientras que la positiva estaba enfocada a mejorar las clases media y alta. EE.UU fue el primer país moderno que promulgó y aplicó leyes que promovían la pureza de la raza: esterilización forzosa, control del matrimonio, encierro de “débiles mentales” y restricción de la inmigración (la población internada en instituciones mentales se triplicó entre 1904 y 1923). Muchos otros países occidentales siguieron su ejemplo. Uno de ellos, Alemania.

Como hemos visto, con los nazis en el poder, su ideología se infiltró en las universidades, sometiendo la ciencia y la investigación a un activismo político extremo que favoreció la “higiene racial”, que se hizo realidad con leyes apoyadas por el discurso médico y biológico.

En 1895 Alfred Ploetz acuñó el término Rassenhygine (Higiene Racial) y en 1905, con la aspiración a un estado pangermánico utópico, fundó la Sociedad de Higiene Racial, primera en el mundo dedicada al estudio de la identificación y propuestas de eliminación de individuos “sin valor para la sociedad”.

En la República de Weimar, la Sociedad Kaiser Wilhelm, de carácter estatal, convencida de la influencia del ambiente en la sociedad, implementó la eugenésica positiva a través del Sistema de Bienestar Social, con un programa de educación nacional y medidas para mejorar las condiciones familiares (atención a los niños, ampliación del periodo de lactancia, mejora de la alimentación de las madres durante ese periodo, estímulo a la natalidad entre las familias “sanas”), lo que supuso un enfoque social más tolerante. El crack del 29 arrasó con la red del Sistema de Bienestar.

Por el contrario, la sede de la misma Sociedad en Munich, de talante racista y molesta por la tolerancia del Sistema de Bienestar, reforzó la eugenesia negativa. En 1920, Karl Binding y Alfred Hoche publicaron Autorización para la destrucción de las vidas carentes de valor, en donde defendían el asesinato de la gente “sin valor” bajo la protección del Estado, el aborto selectivo, la esterilización obligatoria de individuos que ellos caracterizaban como antisociales y de grupos o razas “extranjeros o degenerados”. Según ellos, la ley debería permitir el sacrificio “misericordioso” de los pacientes institucionalizados que eran “indignos de la vida”, porque sus vidas no tenían propósito y eran una carga para sus familiares y para la sociedad.

En 1927, bajo la supervisión de la Sociedad Kaiser Wilhelm, se fundó el Instituto de Antropología, Herencia Humana y Eugenesia, que se convertiría en centro principal del movimiento eugenésico nazi.

Con Hitler en el poder, los nazis establecieron que todas las facetas de la vida alemana debían pasar por el tamiz del pensamiento eugenésico. Doctores y matronas se convirtieron en guardianes de la salud. En 1933, La Ley de Prevención de la Progenie Hereditariamente Enferma aprobaba la esterilización de pacientes con trastornos mentales, defectos físicos severos e incluso adicciones como el alcoholismo. En 1935, se aprobaron las Leyes de Nürenberg, enfocadas a arianizar Alemania; uno de los dos cuerpos de leyes, “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes”, prohibía la unión entre alemanes y judíos (matrimonio, cohabitación o relación sexual). El otro cuerpo de ley, “Ley de la ciudadanía del Reich”, establecía una división entre “ciudadanos del Reich” (alemanes arios) y “nacionales sin pertenencia al Reich” (judíos, gitanos, negros, eslavos…). La campaña eugenésica alemana se agudizó cuando Hitler aprobó en secreto la Aktion T4 (1939-1941) programa diseñado para eliminar “vidas indignas de ser vividas” (enfermos incurables, niños con taras hereditarias, adultos improductivos) y cuya eliminación se justificaba no solo como una acción “compasiva” hacia esas personas, también como un “beneficio” para la comunidad. En 1940, 70000 de “esas vidas” habían sido eliminados en las cámaras de gas y en 1941 entraba en vigor la esterilización masiva de judíos puros y mestizos.

Para mejorar la raza se dieron incentivos económicos y se animó a la procreación de los racialmente puros. El programa Lebensborn (Fuente de Vida), ideado por Martin Bornnam y puesto en práctica por Himmler en 1935, tuvo como precedente la organización ‘Madre e Hijo’ (1934) que pretendía reducir el número de abortos. Ante el preocupante descenso de la natalidad aria, los nazis se propusieron aumentarla alentando a los oficiales de la SS y de la Wehrmacht a tener niños con mujeres de raza aria. El proyecto implicó la creación de “hogares Lebensborn”, primero en Alemania, luego en los países ocupados. Himmler tenía el firme convencimiento de que los “niños Lebensborn”, liderarían una futura civilización aria. Sin embargo, en 1939 el programa no había cumplido las expectativas. La demanda aumentó durante la guerra, tanto por las bajas como por el plan de repoblación del este europeo. Primero se recurrió a madres de origen no alemán, pero de ascendencia aria (en especial noruegas), luego a otros métodos más expeditivos, porque como apunta el protagonista: «La velocidad de la guerra no tiene nada que ver con el tiempo biológico. Podemos despoblar un país en unos pocos meses, o incluso en unos pocos días, pero para poblarlo de nuevo se necesitan varias generaciones». El Lebensborn es uno de los asuntos clave de la novela, en el que el autor demuestra una vez más su habilidad narrativa para integrar contenidos “pedagógicos” (históricos, filosóficos o científicos) en una trama de ficción. Gracias al protagonista y los personajes se nos informa detallada y verazmente del funcionamiento del programa y de los “hogares” Lebensborn. Apuntar que incluso los hechos más deleznables contados en la novela fueron ciertos (como el hormonamiento de niñas de diez años para quedar embarazadas o la violencia para arianizar a los niños raptados de la Europa del este). En 1945, los Aliados se toparon con algunos de esos “hogares” con niños abandonados a su suerte tras la huida del personal. Muchos fueron devueltos a sus familias y, cuando no fue posible, dados en adopción. No todos pudieron adaptarse a su nueva situación familiar debido a su alto grado de “germanización”. Pero lo peor fue para aquellos niños considerados racialmente “no aptos”; como cuenta el protagonista: «les estaba condenando a un campo de concentración y, posiblemente, a una muerte lenta casi segura».

En 1937, Karl Friederichs dictaminó: “la ecología es la doctrina de la sangre y la tierra”. La consideración nazi del Estado y la sociedad como un organismo vivo, no sólo implicaba la eliminación de cualquier amenaza para dicho organismo (higiene racial), requería también un hábitat para desarrollarse (espacio vital). El emparejamiento “sangre-tierra” tuvo una serie de antecedentes en Alemania antes de ser puesto en práctica por los nazis.

El supuesto mito de la superioridad alemana, así como la legítima pretensión de recuperar el “espacio vital” (Lebensraum), partía en gran medida del idealismo filosófico alemán (ss. XVIII y XIX), sobre todo de J. Gottlieb Fichte, para quien, como nos informa el protagonista en una conversación con Kurt Stavenhagen: «la última razón de la superioridad de los alemanes residía en el hecho de que estos siempre habían vivido en su patria, mientras que las naciones europeas occidentales eran descendientes de las tribus germánicas que habían emigrado desde los países originarios. Por tanto, Alemania era la patria madre, y los países occidentales no eran más que colonias, que había que germanizar». Para Fichte, el hecho decisivo no era la raza, sino la lengua: «las tribus germánicas que emigraron adoptaron una lengua, el latín, que no sólo no era suya sino que, sobre todo, estaba muerta en el momento de su adopción. La diferencia entre alemanes y las naciones europeas occidentales era precisamente una diferencia entre la vida y la muerte. Y como la vida es superior a la muerte, de la misma manera el mundo alemán es superior al mundo europeo occidental». «La Gran Alemania era esa: la de la lengua y la del alma, la Heim ins Reich, la de regreso al Reich», sentencia el protagonista.

A finales del s. XIX, Friedrich Ratzel, padre de la “antropogeografía”, expuso la teoría orgánica del Estado (los estados como organismos vivientes que son, tienen que crecer, extenderse o morirse dentro de “fronteras vivientes”, por ello tales fronteras son dinámicas y sujetas al cambio) y del Lebensraum (espacio vital que cubra las necesidades territoriales alemanas para su desarrollo y el cumplimiento de su destino).

El “movimiento völkisch” contribuyó a la politización de la ecología con la exaltación de la relación de un pueblo con la tierra que ocupa y cultiva. Encuadrada en ese movimiento, la organización nacionalista Artamen desarrolló en los años veinte el concepto Blut und Boden («sangre y tierra»), a partir de teorías racistas y pangermanistas previas. Su ideología se centraba en el origen étnico basado en dos factores: la ascendencia (sangre de un pueblo) y la tierra (en tanto fuente de alimentación y hábitat socio-cultural), y concedía un valor esencial a las virtudes de la vida rural alemana, lo que constituyó un elemento importante de la ideología nacionalsocialista.

Desde su fundación en los años 20, la Revista de Geopolítica fue famosa por ser una fuente inspiradora de la política exterior nazi. Su director, Karl Haushofer, militar y geógrafo, mantenía contactos directos con Hitler y sus obras, sobre la «interrelación ineludible entre imposiciones geográficas y actuaciones políticas» justificando el imperialismo, influyeron en la política nazi. Entre los fundadores de la revista se encontraba el geógrafo y etnólogo Franz Termer, que interpretó la “antropogeografía” de Ratzel como una combinación de nacionalismo, colonialismo, antisemitismo y racismo. Estableció una relación directa entre tierra, raza, clima e historia, según la cual, todos los cambios históricos se deben a factores naturales. Raza, tierra y clima actúan de forma inmediata, sin instancias intermedias. Se abría así camino a una política racial activa que imponía la segregación por etnias. Los actores principales eran los pueblos, que con su base biológica (la sangre) formaban grandes organismos jerárquicos, llamados estados. Una vez que los pueblos se hubiesen concienciado del “potencial de su sangre” y de su “destino”, debían imponerse en la historia. La violencia en este proceso se consideraba un hecho inevitable y necesario. Las “razas” no tienen el mismo valor y por lo tanto cada pueblo (“nación racial”) tiene que evitar las “mezclas” que llevan a la degeneración racial. El objetivo principal de una nación consiste en preservar la “pureza de sangre”. Esta concepción determinista reflejaba el predominio de la ideología sobre el discurso científico. Con Termer, la teoría de la “antropogeografía” salió de su recinto académico y se convirtió en programa político, coincidiendo con la ideas de Hitler de expansión de la “raza superior” en Centroeuropa.

El propio Hitler dedicó un capítulo de Mein Kampf a la “orientación política hacia el este”, explicando que uno de los mayores problemas de Alemania era precisamente su alta densidad poblacional, por lo que su más urgente necesidad al respecto era conseguir un territorio lo suficientemente extenso. Karl Haushofer se valió de estas ideas para diseñar el imperialismo nazi. La teoría del “espacio vital” de Ratzel, manipulada por Temer, le sirvió como justificación del expansionismo territorial, puesto que el imperialismo era una necesidad biológica del Estado alemán para garantizar su supervivencia.

«Si los territorios germánicos de Polonia estaban poblados por polacos, se tenían que rehabilitar de nuevo y expulsar a los pobladores impostores, porque aquellas tierras, de una manera natural nos pertenecían», dice el protagonista. La colonización nazi de Polonia, fue un banco de pruebas en el que aplicar la ordenación del territorio entendida como una disciplina científico-técnica. Una ciencia que se plasmó en el Plan General del Este, dirigido entre 1940 y 1942 por Meyer-Hetling y supervisado por Himmler, para organizar la sustitución de la población polaca por colonos germánicos, con el consiguiente establecimiento de villas de estilo alemán, como primera prueba urbanístico-territorial, para la más ambiciosa conquista de todo el sur y el este europeo, incluido el territorio soviético (lo que implicaría el desplazamiento forzoso y en muchos casos la muerte de 31 millones de europeos orientales, para dejar sitio a diez millones de colonos germánicos). Para comenzar el Plan, Himmler eligió Posen como «plataforma para las nuevas políticas expansionista y colonialistas de Reich», donde los nazis confiscaron el 75 % de la superficie total del distrito y muchos de sus habitantes fueron expulsados.

Y donde el protagonista, con su pensamiento (teorías) y sus acciones (práctica de las mismas), sirvió al nazismo, ¿o se sirvió de él?

EL ESPÍRITU DEL TIEMPO II

EL AUGE DEL NAZISMO

«Estas páginas ilustran, comandante, lo más fidedignamente posible, el pensamiento de un tiempo, convulso y cruel, que será muy difícil de entender con el paso de los años».

(El espíritu del tiempo, Martí Domínguez)

Apuntábamos en la entrada anterior que «la ciencia sin moral es una herramienta peligrosa», y esa idea atraviesa El espíritu del tiempo,una investigación histórico-literaria entorno a las preocupaciones científicas y humanas del autor: «la idea controvertida del progreso del ser humano, el papel social de la ciencia y la fascinación por los regímenes autoritarios, que con ideas salvadoras y simples han querido crear una sociedad nueva».

Como título, Martí Domínguez, toma un término filosófico alemán del s.XVIII, zeitgeist (“el espíritu del tiempo”): «una fuerza invisible que domina y configura tu época: una atmósfera cultural que impregna todo tu tiempo, gracias sobre todo a la creación de conocimiento racional y dejando a un lado las creencias y tradiciones. Así habría evolucionado, por ejemplo, el proyecto moral y tantas conquistas de la condición humana, como la abolición de la esclavitud, la democracia, la libertad de expresión...». Sin embargo, la novela -ambientada en “el espíritu del tiempo”de la Alemania nazi- supone una severa matización a esa idea de progreso basado en la fe ciega en la razón humana propia de la Ilustración. Lejos de configurarse solo como una fuerza de evolución racional y progreso, como pretendía la filosofía, la historia demostró que también lo puede ser de irracionalidad y retroceso.

La cita que antecede al relato: «Todo esto pertenece al espíritu del tiempo», le sirvió a Ernst Jünger, y a otros muchos, para excusar su adhesión al nazismo, pero admitir ese simple razonamiento, mencionado varias veces en la novela, supondría admitir que el nazismo fue inevitable. Domínguez disiente. Sin negar “el espíritu del tiempo” como «fuerza invisible que domina y configura una época», que presiona y empuja al individuo a seguir las directrices de la colectividad, independientemente de que sean más o menos acordes con sus convicciones, el autor se pregunta por el grado de responsabilidad individual de aquellos a los que les tocó vivir ese “espíritu del tiempo” en el que millones de alemanes, de una u otra forma, con su participación o su indiferencia, permitieron la barbarie del nazismo, si no les quedó resquicio alguno de libertad para oponerse y, si lo hubo, por qué optaron por seguir unas directrices contrarias a sus convicciones. «No somos responsables, luchamos por sobrevivir. Los culpables son los que nos metieron en la boca del lobo»-trata de animar el protagonista a un teniente alemán arrepentido-. «Si le soy franco, no estoy muy seguro de eso. Creo que todos somos un poco culpables. Nos podíamos haber negado a aceptar algunas órdenes… ¡Haber hecho alguna cosa! ¿No lo cree así?» -contesta el teniente; y el protagonista sigue-:«Intenté calmarlo, poniéndole mi mano sobre su hombro, insistiendo que todos, absolutamente todos, habíamos hecho cosas de las que nos arrepentiríamos toda la vida. Que quizá sí, que a lo mejor todos podríamos haber hecho algo más, pero que el nazismo nos arrastró como un tablón de madera en una tempestad».

Ese dilema determinismo-libertad, se lo plantea el protagonista (y a la vez narrador; la historia está contada en primera persona) muchas veces a lo largo de la novela en un intento por encontrar respuesta al mismo. Según evoluciona la historia, sus explicaciones varían ante la circunstancias del momento, lo que dota al protagonista de humanidad, con sus dudas, temores e intereses, pero a la vez, nos informa de las causas y motivaciones que propiciaron lo que sucedió.

Son muchas y de diferente naturaleza las causas y las motivaciones que contribuyeron al ascenso del nazismo, así como las combinaciones que se establecieron entre ellas, con la dificultad añadida de que todo intento de explicación llegará siempre teñido por “el espíritu del tiempo” en el que se dé dicha explicación, así como por quién la dé, como muestra el autor en la última parte de la novela.

La novela se estructura en tres partes: 1) Formada por el cap. 1 y la parte final del cap. 25, en la que el protagonista, prisionero de los rusos, nos informa que para su desnazificación tiene que redactar unas “memorias” de lo que ha hecho durante la guerra (inicio in media res); 2) Del cap. 2 hasta casi el final del cap. 25, formada por esas “memorias”; y 3) Del cap. 26 al final, en la que cuenta cómo logró ocultar su pasado nazi. El grueso de la historia lo componen esas “memorias”, que son un cuestionamiento personal del protagonista, pero a la vez, suponen un cuestionamiento colectivo de la sociedad alemana ante el “espíritu del tiempo” del nazismo. A través de ese doble cuestionamiento, descubrimos no sólo las causas que propiciaron el nazismo, sino también las distintas motivaciones que pudieron llevar, al protagonista y a la sociedad alemana, a apoyarlo. Por cierto, en la novela el protagonista no menciona su nombre, pero en un par de ocasiones (en boca del comandante ruso), se nombra como Adolfovich, es decir, “hijo de Adolf”, lo que resulta significativo y refuerza ese doble cuestionamiento, personal y colectivo. En lo personal, como nos informa el protagonista, su padre, un nazi fanático, se llama Adolf; en lo colectivo, el protagonista, nazi a su vez, tiene como padre simbólico a Adolf Hitler.

El tiempo cronológico de la historia comienza en el cap. 2, cuando el protagonista, médico vienés (como nos ha informado en el cap 1) cuenta sus devaneos con el nazismo hasta que pudo afiliarse al partido, es decir, entorno al Anschluss (anexión de Austria por parte de Alemania). El Anschluss fue una de las principales reivindicaciones de Hitler, y la materializó el 12 de marzo de 1938, lo que fue recibido con júbilo por una gran parte de la población austriaca, favorable a la “Gran Alemania” de Hitler, y que, muy golpeada económicamente desde la crisis del 29, veía en la anexión una posible solución a sus problemas. «En Alemania se respiraba un clima generalizado de revancha, un malestar que se había enquistado, después de tantos años de humillación a consecuencia del Tratado de Versalles y esa sensación de desquite y de querer cambiar las cosas también impregnaba profundamente nuestro país», nos cuenta el protagonista, que menciona también el referéndum convocado por Hitler para legitimar la anexión. No menciona, en cambio, el referéndum fallido que planteó el canciller austriaco Schuschnigg, sucesor de Dollfuss, asesinado por pronazis austriacos en 1934. Estos, con sus asesinatos y altercados, contribuyeron a desestabilizar el país; al principio un poco por su cuenta (una de las causas del fallido intento de golpe de estado con el asesinato de Dollfuss), pero luego apoyados por Hitler. Ante la presión nazi para que consintiese el Anschluss, Schuschnigg pidió ayuda a Francia y Gran Bretaña, que rehusaron intervenir, lo que alentó la política expansionista de Hitler. Con el ejército alemán en la frontera, Schuschnigg trató de convocar un referéndum al que Hitler se opuso para no exponerse a un posible rechazo austriaco. Cuando el 12 de marzo, las tropas alemanas entraron en Austria, el dimitido Schuschnigg fue sustituido por el pronazi Seyss-Inquart. Un mes después se celebró el referéndum mencionado en la novela, un referéndum que, supervisado por las SS, arrojó unos resultados abrumadoramente favorables al Anschluss.

Varias veces el protagonista alude a las consecuencias de la derrota alemana en la 1ª Guerra Mundial y a la firma del Tratado de Versalles como causas propicias para el auge del nazismo: «…los alemanes humillados, despojados de sus recursos, de su futuro, del porvenir de sus hijos. ¿Cómo no seguir a un visionario como Adolf Hitler que nos aseguraba que haría una Alemania más fuerte, que crearía puestos de trabajo y que retornaría la gloria a nuestro maltrecho país, que nos situaría de nuevo en el gran mapa del mundo? ¿Cómo no confiar en alguien que estaba tan orgulloso de ser uno de los nuestros?».

En lo militar, el Tratado impuso una drástica reducción del ejército (supervisado además por la Sociedad de Naciones, surgida tras el Tratado para mantener la paz en el futuro), la supresión del servicio militar obligatorio, la entrega de la flota de guerra y la prohibición de rearmarse. Además, Francia ocupó militarmente la orilla izquierda del Rihn y se desmilitarizó Renania. En lo territorial, supuso una pérdida importante de territorio (con la cesión de Alsacia y Lorena a Francia; de parte de Silesia -la provincia de Posen y Prusia occidental- a Polonia, y el establecimiento de Danzing como “Ciudad Libre” bajo supervisión de Polonia y la Sociedad de Naciones), la desaparición de su imperio colonial (cesión de sus posesiones en África, Asia y Oceanía a la Sociedad de Naciones) y la prohibición de ampliar sus fronteras anteriores a 1914 (enfatizando que Austria y Alemania no se unificasen). En lo económico, además de las pérdidas derivadas de las condiciones territoriales, que privaban a Alemania de muchos de sus recursos (colonias ultramarinas y la parte de Silesia “confiscada”, que era uno de sus centros industriales más importantes), obligaba al pago de desorbitadas indemnizaciones de guerra, monetarias y en especies (sobre todo carbón), así como la entrega de parte de su flota mercante. El Tratado incluía, además, una cláusula de “delito de guerra”, por la cual Alemania aceptaba todas las responsabilidades, pérdidas y daños resultantes del conflicto, lo que supuso el descontento de una gran parte de la población, que no comprendía el resultado de la guerra ni mucho menos las exigencias impuestas por el Tratado. Esa cláusula se convirtió en un elemento de tensión política entre quienes rechazaban de plano el Tratado, siendo partidarios de su total revocación (la derecha y los ultranacionalistas) y quienes trataban de atenuar las medidas más perjudiciales, como las indemnizaciones económicas y el aislamiento diplomático (liberales y socialdemócratas). El Tratado fue considerado una humillación nacional. La sociedad alemana se vio así misma como una sociedad diezmada y lisiada por las bajas de guerra y por la multitud de heridos y mutilados a los que había que atender, arruinada material y económicamente, y moral y anímicamente hundida.

La República de Weimar (1919-1933) fue un período de gran conflictividad social y política debido a las condiciones económicas. Las severas medidas impuestas por el Tratado de Versalles confirmaron la advertencia de J. M. Keynes de que Alemania no podría aplicar las políticas correctas si no podía financiarse. Alemania se sumió en una profunda crisis económica que exasperó a la sociedad, deseosa de encontrar culpables a su desgraciada situación y líderes dispuestos a sacarla de ella. Como apunta la novela, los judíos y Hitler encauzaron esos deseos: «El pueblo culpaba a los oligarcas judíos de habernos traicionado, de haber firmado un armisticio injusto y humillante, y lo consideraba como una puñalada vil y traidora. Durante aquellos años se hizo muy popular la imagen de un judío taimado apuñalando por la espalda a un soldado alemán, hasta el extremo de que Adolf Hitler afirmó en un discurso de aquellos días que Alemania hubiese podido salvarse de la puñalada traicionera gaseando algunas decenas de miles de judíos». Hitler, a quien la derrota alemana en la 1ª Guerra Mundial, en la que había participado, le causó una profunda consternación, responsabilizó a socialistas, comunistas y judíos, quienes, según él, habían asestado desde la retaguardia una “puñalada por la espalda” al valeroso ejército alemán, y se impuso la misión de devolver a Alemania su papel de potencia respetada y temida en el mundo.

En el cap. 18, en una de sus especulaciones sobre cómo hubiese cambiado su presente si el pasado hubiese ocurrido de forma diferente, el protagonista dice: «pensaba en el ministro Rathenau, en su muerte absurda, aquel día de finales de junio. Poco antes de que lo asesinaran había declarado: “Soy un alemán de origen judío. Mi pueblo es el pueblo alemán; mi destino es el destino de Alemania”. El nombre de Rathenau resonaba de manera insistente en mi mente, así como aquellas palabras tan patriotas, que resultaban al mismo tiempo tan inquietantes. Acababa de brindar por su muerte, pero puede que de haber sobrevivido ahora yo ya no estaría allí, en aquella ciudad odiosa, alejado de los míos». El 24 de junio de 1922, Walter Rathenau fue asesinado por ultraderechistas. Como ministro de Asuntos Exteriores había participado en la Conferencia de Génova, convocada para estudiar el reconocimiento del gobierno comunista de la Unión Soviética. En el marco de dicha conferencia, Rathenau firmó el Tratado de Rapallo con la URSS, por el que ambos estados establecieron relaciones diplomáticas (la República de Weimar reconocía al gobierno comunista de la URSS), económicas (cancelación mutua de deudas, consideración de Alemania como socio comercial preferente de los soviéticos) y militares (aunque de manera secreta, la URSS permitiría el rearme alemán con la producción de armamento en suelo ruso). El Tratado tuvo repercusiones nacionales (supuso la sentencia de muerte de Rathenau, al que nunca se le perdonó su origen judío ni su riqueza) e internacionales (las protestas de los representantes aliados en la Conferencia llevaron a la exclusión de Alemania de la comisión política de la misma). Tras la firma del Tratado, la ultraderecha alemana convirtió a Rathenau en el blanco perfecto para descargar su ira, y ello pese a que, como nos recuerda el protagonista, era un convencido nacionalista alemán que abogaba por la asimilación total de los judíos en la sociedad alemana. Eso no alteró la imagen que los sectores más exaltados de la sociedad tenían de él y que vieron el Tratado con la Unión Soviética como una amenaza de revolución comunista.

Hasta aquí las causas, que podríamos calificar como “materiales”, para el ascenso del nazismo, las que se supone más pudieron atraer a las masas populares por la promesa de alivio de su precaria situación. Pero no sólo las masas populares se dejaron arrastrar. Cabe preguntarse, con el autor, ¿cómo fue posible que la sociedad alemana, una de las más cultas y avanzadas de Occidente, se dejase devorar por la vorágine nazi? Según Aron Gurwitsch, «un hecho sorprendente entre los más sorprendentes observados en los últimos años, es la falta casi completa de resistencia a la ideología nazi por parte de las clases intelectuales en Alemania», hecho que constata el protagonista: «muchos de nosotros, gente preparada y con una formación culta y académica, estuvimos ciegos ante hechos y comportamientos que ahora nos resultan evidentemente desoladores y execrables».

A esas causas “materiales”, hay que sumar otras que podríamos calificar como “culturales”, en el sentido de apelar más al “espíritu” alemán. Porque el nazismo no fue únicamente un movimiento político, sino un movimientoideológicoarticulado en torno a una variopinta mezcolanza de presupuestos filosóficos, históricos, científicos, artísticos, étnicos, e incluso esotéricos, que flotaban en la atmósfera cultural alemana y que, en manos de los nazis, sirvieron de señuelo para atraer a las élites culturales. «Estoy convencido de que muchos compañeros llegaron al nazismo desde una disposición trémulamente patriótica y bienpensante: proteger las esencias de nuestra cultura y de nuestra tierra. El nazismo no sólo era un movimiento político, sino que aportaba toda una cosmovisión de la vida y la existencia; ya Wilhem von Humboldt divulgó la idea de que el lenguaje y la visión del mundo constituyen un dúo inseparable. La especie humana es territorial por naturaleza, pero junto a ese instinto se une el legado cultural, que representa una pulsión aún más poderosa que la patria física: la lengua es el territorio del alma y ahí donde se habla está su reino».

Son muchos los ejemplos en la novela en los que, como en el anterior, se recurre a la mención de personajes ilustres a los que el nazismo recurrió para justificar intelectualmente su ideología, y a los que los intelectuales se agarraron para justificar su colaboración: «Si Heidegger proclamaba Heit Hitler! y si Kant escribía sobre la proverbial habilidad de los judíos para aislarse de los otros pueblos, ¿cómo no prestarlos atención?»; «Charles Darwin dice en El origen del hombre que las razas civilizadas están sustituyendo a las razas inferiores. Nosotros no hacemos más que eso»; «De pronto recordé dos cosas: la advertencia que hacía el músico Franz List de mantener estrictas leyes maritales entre los arios, con el fin de recuperar la pureza racial, y el comentario de Richard Wagner de que tan solo los de raza aria pueden ser creativos»…

Estas causas “materiales” y “espirituales”, traducidas en motivaciones por parte de los alemanes, propiciaron un “espíritu del tiempo” que abonó las condiciones para el auge del nazismo. Como muestra la novela, a través del protagonista y de sus personajes, fueron muchas y variadas esas motivaciones, no sólo a nivel colectivo (económicas, sociales, políticas, culturales…), también a nivel personal, tanto por la cara de la moneda (fanatismo, prejuicios, arrogancia, arribismo…, porque «la ambición personal mueve a los hombres, y la codicia, como es sabido, es el primer motor de la sociedad»..), como por la cruz (la indiferencia, la resignación, la pusilanimidad e incluso el miedo).

Hitler supo canalizar los efluvios del “espíritu de su tiempo”, las quejas y los males que afectaban a la sociedad alemana. Ofreció un enemigo exterior (el Tratado de Versalles) y otro interior (el “socialcomunismo”) a los que combatir, y un chivo expiatorio (“los judíos”) que sacrificar para conjurar las desgracias de la nación. Prometió un resurgimiento económico, militar y territorial basado en un ultranacionalismo imperialista, racista y antisemita. No sólo la Gran Alemania sería para los “auténticos” alemanes, sino el resto del mundo, y ello por pertenecer a la raza superior, la aria. Alentó a cambiar la imagen de sociedad mutilada y humillada por la de “pueblo elegido” con una misión y un destino: reconstruir la Gran Alemania y alzarla al puesto que por naturaleza le correspondía en el mundo. «Si mi padre Adolf creía en Hitler, y si las palabras de Hitler, aunque a veces algo estridentes (eso no lo negaré), nos parecían la única manera de resistir y de superar aquellos años tenebrosos y humillantes de la posguerra, ¿por qué no había de creerlo yo? ¿Por qué no me había de sumar a aquella atmósfera de victoria tan ilusionante?» se pregunta el protagonista, y probablemente se preguntaron muchos de los alemanes de la época.

En 1933, Hitler llegó democráticamente al poder con el 33% de los votos. Ilegalizó el resto de partidos políticos y se hizo nombrar Führer con poderes absolutos. Había llegado el momento de ajustar cuentas al Tratado de Versalles (abandono la Sociedad de Naciones, suspensión del pago de las indemnizaciones de guerra, rearme militar, creación de un poderoso ejército -la Wehsmacht-, ocupación de la desmilitarizada Renania, anexión de Austria…) y de poner en práctica su ideario político. Comenzaba “el glorioso Tercer Reich, el de los Mil Años”.

El espíritu del tiempo. Martín Domínguez

Foto del autor y portada del libro

Befehl ist Befehl! Una orden es una orden. Pero ¿se podría haber negado?

Eso era lo que atormentaba al oficial. Y lo que, en el fondo, nos atormentaba

desde hacía tiempo a todos nosotros. ¿Hasta qué punto éramos culpables?”.

(El espíritu del tiempo. Martín Domínguez)

INTRODUCCIÓN

Este mes de enero, primero de un año que esperamos más benigno que el que acabamos de abandonar, nos centraremos en la novela de Martí Domínguez El espíritu del tiempo, una novela que por estar ambientada unas décadas atrás, en algunos de los años más oscuros de la Europa del siglo XX, no deja de resultar actual, en estas primeras décadas del XXI, por ciertas semejanzas que se pueden constatar en ambos momentos históricos en los que cuestiones como la intolerancia, el integrismo, el racismo y el fascismo asoman su, al parecer, inextirpable cabeza de Hidra, lo que nos obliga a repensar aquellas palabras de Bertolt Brecht cuando afirmó que el ser humano «aprende tan poco de las catástrofes como un conejillo de Indias de biología

Y es que El espíritu del tiempo, entre otros muchos, nos enfrenta a uno de esos interrogantes esenciales acerca de la condición humana que resulta vano responder desde la especulación, porque su única respuesta válida sólo puede darse en el ámbito de la experiencia. Como si de un simulador se tratase, la novela nos coloca ante uno de esos dilemas ético-existenciales en el que un ser humano, enfrentado al “espíritu del tiempo” criminal en el que le ha tocado vivir, tiene que decidir entre ética o supervivencia.

¿Cómo obraríamos nosotros, lectores, ante circunstancias similares, es decir, si nos tocase enfrentarnos a un “espíritu del tiempo” que nos acorralase entre la espada de la supervivencia y la pared de la moral?

EL AUTOR

Escritor valenciano en lengua catalana, se podría decir que Martí Domínguez es madrileño por accidente. Nació en Madrid en 1966, cuando su padre ejercía la abogacía en la capital de España. A los cinco años su familia regresó a Valencia y él ingresa en el Colegio Francés, institución laica en la que la lengua y la cultura francesas se enquistarán tanto en su formación científica como humanística y literaria. También en Valencia cursa sus estudios universitarios de Biología, aunque para completar su doctorado realiza diversas estancias en el extranjero (Francia, Australia y EE.UU). Desde 2002 ejerce de profesor de periodismo en la misma universidad de Valencia donde estudió y, desde entonces, alterna la investigación y la docencia con el periodismo y la literatura.

Profesor, científico, periodista, traductor, escritor, Martí Domínguez tiene mucho de aquellos ilustrados que admira y fueron antecesores, artífices, protagonista o descendientes del Siglo de la Luces, como el conde de Bufón, Goethe y Voltaire, a los que ha dedicado una trilogía novelística. «Leer los ilustrados siempre es un refugio en momentos de duda, porque son optimistas, querían cambiar el mundo», objetivos que Martí Domínguez comparte, pues como ha señalado Alex Broch: «en toda su obra siempre es perceptible una clara defensa del cultivo de la cultura y de la ciencia como salvación y regeneración de la condición humana». Cultura y ciencia son premisas constantes en todos sus escritos, pero siempre abordadas al estilo de Voltaire, «de una manera divulgativa, que se puede leer, tiene gracia cuando escribe y le interesa llegar a cuanta más gente mejor», lo que no quiere decir facilidad en la escritura, porque «qué difícil es redondear una novela que tenga una razón de ser que no sea un simple entretenimiento».

Y si de Voltaire toma la claridad de la escritura, de Georges-Louis Leclerc, conde de Bufón, toma: «la manera que tenía de reconciliar la ciencia con la literatura, partiendo de la idea de que el conocimiento es uno y no se puede compartimentar». Y todo ese conocimiento, científico, literario y humano, es lo que unitariamente conforma la materia prima de su escritura, pues «en realidad, todo –o casi todo- forma parte de mi actividad literaria. Mi interés por la biología, por la historia del arte, mi vocación periodística, mi dedicación a la novela, todo, de alguna manera, se entrelaza, y de las diferentes interconexiones voy sacando un rédito escrito. No hay ‘materia’ vivida que, de alguna forma, no se ‘materialice’: el escritor tiene algo de chatarrero, va creando un collage, de las experiencias vividas aquí y allá». Esas “experiencias”, vividas y escritas, le han valido numerosos premios, bien al conjunto de su obra, bien a algunas de sus obras en particular, como el Joan Crexells, el Josep Pla, el Serra d’Or, el de la Crítica de la Universidad de Valencia, el Nacional de Cultura de Periodismo de la Generalitat de Cataluña, el Girona-Carles Rahola de Ensayo o el de la Crítica de los Escritores Valencianos, entre otros.

Además de por sus novelas, su obra está conformada por ensayos, como El sueño de Lucrecio, un sentido homenaje al poeta latino, a quien puede considerarse otro de sus maestros, y a su De rerum natura, poema enciclopédico contra el fanatismo, el dogmatismo y la intolerancia. Y por artículos publicados en distintos medios, como El País, La Vanguardia, eldiario.es, El espejo o Temps, muchos de ellos recopilados después en volúmenes como Peiximinuti, Bestiario o El instrumento del Diablo. Su última publicación es Historias naturales, un conjunto de breves historias de hombres de ciencias y letras, ilustrado por Perico Pastor. Y es que, desde sus tiempos de estudiante universitario, en que comenzó a publicar en la revista Temps, no ha dejado de hacerlo. En la actualidad dirige Mètode, la revista científica de la Universidad de Valencia.

Según Xavier Durán: «los artículos de Domínguez son una especie de miniaturas artesanales» y Enric Sonia ha señalado que «el articulismo de Martí Domínguez, parte casi siempre de la naturaleza», pero «sus artículos son, en conjunto, una constante celebración de la belleza del mundo natural y de las obras del espíritu humano, y un recordatorio de que una y otras pueden armonizar, en el gozo del arte y en el de la investigación científica».

Entre sus novelas hay que destacar esa “trilogía de la Ilustración” conformada por Las confidencias del conde de Buffon, El secreto de Goethe y El retorno de Voltaire; además de El fracasado, en torno a la figura de Cézanne, artista incomprendido y sublevado contra la sociedad de su tiempo; La Siega, que supuso un cambio de registro en su obra narrativa pasando de la novela histórica de ideas a la novela social en torno a la posguerra española y el franquismo, eso sí, sin abandonar su interés por la ciencia, como lo demuestra su protagonista; y El espíritu del tiempo, obra de la que nos ocupamos aquí y que, entre otros, ha cosechado el premio Ómnium a la mejor novela de 2019.

LA NOVELA: EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

Preocupado por los visos que está tomando la sociedad actual, es el propio Martí Domínguez quien ha manifestado que la novela «está escrita en clave actual», que lo que ha pretendido es «hablar del presente desde el pasado», porque está escrita «con el objetivo de alterar la llegada de la ultraderecha a tantos países del mundo, entre ellos España». Para Domínguez, «todas las crisis sociales y económicas son un caldo de cultivo magnífico para los totalitarismos. Con el aumento del paro, y con la incertidumbre», lo que refuerza los discursos extremistas. «Es evidente que hay un resurgimiento del fanatismo y la intolerancia», algo que le parece «increíble que en tiempos de internet, los integrismos fanáticos se estén ganando el mundo», por eso «hay que estar muy atentos a todas las resurgencias de la extrema derecha», «un auténtico peligro, que puede provocar una nueva tragedia europea. Europa es la tierra de Descartes y Voltaire, pero también de Hitler y Franco».

Ambientada en la Alemania nazi, la historia recrea la vida de un científico austriaco – «personaje ficticio que encarna una amalgama de psicólogos y psiquiatras del Reich»- que una vez capturado por el bando soviético, a finales de la 2ª Guerra Mundial, es sometido a un proceso de “desnazificación” consistente en escribir unas memorias en las que, en un ejercicio catártico, cuenta las prácticas eugenésicas y genocidas llevadas a cabo por los científicos nazis para garantizar la pureza de la raza aria y reflexiona sobre los actos cometidos durante su implicación en tales prácticas, reviviendo muchos de los horrores cometidos durante el nazismo. Según Domínguez «la espiral que embargó a gente tan extraordinariamente formada como algunos de los nombres que salen en el libro y que sucumbieron a una ideología tan terrible es uno de los peligros de nuestro tiempo», y «claro que puede repetirse, quizá no de la misma manera, pero el instinto racista y la bestia humana siguen intactos», por ello «es evidente que hay que combatir de forma fulminante el fascismo, pero a la vez no hay que ser arrogante y pensar que no seríamos como ellos, porque la raza humana es muy débil». Como humanista sabe que «la ciencia sin moral es una herramienta muy peligrosa», porque como científico sabe también que «la especie humana lleva consigo los genes que le fueron eficientes para sobrevivir en la selva» y que «la cultura/la ética es un barniz muy fino que la recubre», por eso «hay que conocerse a uno mismo. El hombre sigue siendo un gran desconocido para el hombre. Tras la cultura, tras las convenciones morales, tras la ética y la cultura, hay un ser biológico, con un enorme potencial destructor, y de una inmensa crueldad. Por tanto, mejor no ponerlo a prueba», para no dar rienda suelta a esa bestia que se esconde en su interior.

Además de las complicaciones derivadas del proceso de investigación para la redacción de la historia, que supuso la visita de todos los escenarios citados en la obra y toparse con muchas reticencias que el tema aún suscita en la sociedad, escribir la novela le supuso «un malestar profundo, porque me metí dentro de personajes admirables y tuve que intentar comprender qué procesos personales habían vivido para haber participado en todo aquello». El autor señala que «cuando se presenta el nazismo como una cosa de cuatro ‘pirados’, se menosprecia que el mundo académico lo fundamentó»: «mi novela trata de cómo el mundo académico alemán participó activamente con el nazismo. Sorprendentemente, hubo muy pocos científicos que se opusieron: salvo aquellos que eran judíos o abiertamente comunistas», así que el grueso de lo que cuenta en la novela ocurrió históricamente y lo que le animó a adentrarse en ese «mundo tan oscuro y amargo, fue el ir descubriendo con el tiempo como figuras que admiraba profundamente, a las que estudió en la universidad, tenían un pasado nazi». Muchas de esas figuras, que contribuyeron al alzamiento y sostenimiento del nazismo, que incluso participaron de las atrocidades cometidas por el nazismo, permanecieron después de la guerra en sus puestos en la universidad, algunas incluso –como el protagonista- recibieron el premio Nobel, lo que «hace que te preguntes hasta qué punto la catarsis fue real y si no se pasó página de forma muy rápida».

El espíritu del tiempo, entre otras muchas cosas, es una novela histórica, pero a la vez es una reflexión actual que nos lleva a plantearnos la posibilidad de cumplimiento de aquella máxima de Marx que decía que la historia se repite: «la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa».

LOS ASQUEROSOS. Desenlace

Desenlace

Adaptado ya a la vida austera y solitaria, Manuel vivía tranquilo y feliz hasta que llegaron los “mochufas”, unos ruidosos vecinos venidos de la capital para pasar el fin de semana y que inundaban todo con sus gritos, “con los motores de sus coches que parecían carros de combate; con sus artilugios eléctricos sin los que no eran capaces ni de batir un huevo; con las calderas de sus calefacciones anticipadas, no fueran a coger un catarro mientras no estaban. Para Manuel, este enguarramiento pertinaz era acción criminal”

Estas y otras prácticas “hacían que le entrechocaran las costillas”

Y estos vecinos impertinentes se instalaron al lado de su casa, “como si el campo no ofreciera amplitud suficiente para que se hubieran ido a orinar a otro sitio”.

Vecinos ruidosos - humor

A Manuel la Mochufa le daba un asco espeluznante. “Sólo los domingos, tras su marcha, Manuel recuperaba momentáneamente el sosiego” ya que ” los días sucesivos eran de angustiosa espera a sabiendas de que el viernes tocaba actualización del suplicio”

La angustia de Manuel era constante y creciente, sobre todo, por el miedo a ser descubierto y delatado, así que ideó un plan de ataque al modo de Sólo en Casa 2, unas “tácticas de destrucción retardada que convertirían la casa en una selva inhabitable y les quitaría las ganas de volver” a ese -en el decir de Manuel- “compendio de imbeciladitas diacrónicas, ridiculatura en inflación y memeces seculares, un tesauro de carcomas biográficas y de jodique particularmente propio del tiempo vigesimoprimero D.C.”

Pero, a pesar de sus controles y cautelas, Manuel es descubierto mientras hacía ruido cortando leña. Es tal la sorpresa que se lleva, que se clava el hacha en la pierna quedando seriamente herido. Manuel y su tío tenían previsto qué hacer en caso de percance, pero lo que no tenían previsto es que hubiera espectadores.

Este percance desató la angustia de Manuel, ya que suponía quedar en descubierto, identificado y expuesto a sus dos condenas (la judicial y la vecinal), pero no tuvo más remedio que aceptar el auxilio para no morir desangrado.

“Después de media semana de exposición pública en el hospital, sin que la policía le pidiera cuentas empezó a entender que el asunto del portal estaba olvidado”. Esto significaba que Manuel podía volver a su vida de antes, pero su estancia en Madrid fue un suplicio: se le declaró una agorafobia tremebunda y se recluyó en casa de su tío.

“Resumiendo: Manuel ya no estaba para nadie. Manuel ya ni estaba

En cuanto estuvo liberado de la escayola “cogió un autobús hasta la capital de provincia y desde allí se fue caminando a Zarzahuriel. Tres días con sus dos noches en medio, que tomó como unas señoras vacaciones dedicadas al despacioso conocimiento de su comarca de acogida”.

Una vez constatado que nadie se acordaba de él y no corría peligro, sin “mochufas” a la vista y gracias a las gestiones de su tío, Manuel pudo disponer de luz y cobertura de internet. Con la llegada del kilovatio todo fue más fácil: estufa, trabajo telemático, libros online… aunque Manuel “seguía utilizando el mismo corto flujo de luz que siempre”

Y decide desaparecer definitivamente. En “Zarzahuriel había encontrado su vida “chula” y no la quiere perder; por eso se marcha a otro Zarzahuriel, desligándose hasta de su tío, buscando el aislamiento total.

“Pienso todo el tiempo en Manuel. Lo veo metido en una campana de vacío de la que hasta yo quedo fuera. Llevará el rostro templado del hombre que en vez de cumplir años cumple con ellos”

“Al final, el propio tío es quien le da la vuelta a la trama y nos deja la idea de que quizá ese Manuel deseando vivir solo, haciendo lo que desee, fuera de la sociedad, se convierte en el ser marginal, en el auténtico asqueroso de la historia. Y en ese punto es donde el lector debe decidir con quién se queda”. Carlos J.Eguren

Libros para librarnos del tedio

Durante la inspección que Manuel hizo en la casa ruinosa de Zarzahuriel, precaria en enseres y “habitada por bolsas vacías del Pryca, el hipermercado que murió con el siglo pasado”, encontró en el desván “un bulto arrumbado en un esquinazo con goteras” Apartó el plástico que lo cubría y se dio de narices con cien volúmenes de la editorial Austral. “Yacían alineados sobre el suelo, con la humedad de la gotera lamiéndoles los pies”Libros de la editorial Austral

Manuel sobrevive de vegetales de los alrededores, la pequeña compra en el Lidl que le envía su tío y de libros Austral. Los libros son la expresión más profunda del pensamiento, pero también del corazón. Nos entretienen, nos acompañan, nos libran del tedio, nos brindan consuelo y alegría; y esto lo experimentamos ahora mejor que nunca, en estos tiempos de confinamiento, soledad y enfermedad. Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma, escribió Cicerón.

Será por esto por lo que nació la biblioteca “Resistiré”, cuya creación queda plasmada en este libro que te recomendamos: Libros que salvan vidas/ Ana María Ruiz

Como último debate te dejamos estas preguntas:

  • ¿Esperabas un final así? ¿Cómo lo habías imaginado?
  • ¿Con cuál de los dos Manuel te quedas?

Agradecemos que hayas seguido durante el mes de diciembre las reflexiones sobre Los asquerosos y esperamos que continúes con nosotros leyendo y debatiendo lo que proponemos en este blog para el próximo mes.