Lo olvidado

Como si de la magdalena de Proust se tratara, el hecho fortuito de reconocer a un hombre en una de las páginas amarillentas de los periódicos guardados, hará también recordar a la narradora  “lo olvidado”.

Entramos así en una segunda parte con claro protagonismo de la hija.

Una fotografía de la portada capta el momento en que varios diputados salen del Congreso la mañana del 24 de febrero de 1981, después del golpe de Estado fallido. Reconoce a Pedro, un compañero de Residencia de su madre, al que siempre saluda, “el de los  puzles”.

Será ella la que recuerde, a partir de este momento, su vida, ofreciéndole al lector una crónica de los acontecimientos políticos y sociales de la España de la Transición, mezclados con los recuerdos de su infancia y juventud.

A través de Internet busca la verdadera identidad de Pedro (nombre tras el quieren ocultar a un político importante). Será en el mundo virtual donde encuentre su pasado.

Anuncios

Lo que olvidamos. La enfermedad

Imagen lo que olvidamos

GETTY

La novela, de 163 páginas, tiene dos partes coincidiendo con, prácticamente, la mitad de su extensión.

Hasta la página 50 se descubre el hecho lamentable de la constatación de una terrible enfermedad, incurable, que sufre la anciana madre.

La narradora, su hija, relata con detalle su experiencia en las visitas a la Residencia; las diferencias en el trato con hombres y mujeres; la incongruencia en las conversaciones (pág. 11).

También el proceso que siguió la aparición de la enfermedad: desconcierto, falta de memoria, deterioro mental y físico: “Así que nos movíamos entre la madre que habíamos conocido desde niños… y la desconocida que empezaba a emerger de las tinieblas” (pág. 12 y siguientes). En fin, el encuentro con otra persona.

A eso se añade la incomprensión del personal médico: negación de existencia de deterioro mental, sospechas de ocultos deseos de los familiares, negligencias hospitalarias… para acabar constatando la imposibilidad de vivir sola y la necesidad de reclusión.

Empieza “una vida nueva”. Hay que enseñar las cosas y sus nombres a la madre, devolviendo el aprendizaje que ella había hecho con sus hijos cuando eran pequeños. La diferencia estará en que, al día siguiente, hay que volverlo a hacer.

Ahora viene “la inacabable tarea” de deshacer la casa (pág. 41 y siguientes) y los recuerdos que lleva aparejada esa tarea: cosas olvidadas, de la madre o de la propia narradora, un montón de amarillentos periódicos antiguos, guardados sin sentido.

Algo descubrirá en uno de ellos y comenzará la segunda parte del libro. Os dejamos varios puntos para debatir:

  • ¿Qué os parece cómo está escrito?
  • La autora ¿retrata bien el proceso de la enfermedad?
  • ¿Os sentís identificados con la situación que cuenta la protagonista?

Esperamos vuestros comentarios y os animamos a continuar con la lectura.

 

Una razón para comenzar la novela

¿Por qué leer Lo que olvidamos?

Quizá porque a casi todos los hijos les llega a sus vidas ese momento decisivo en el que se tienen que ocupar de sus padres.

Las relaciones familiares marcan un punto trascendente cuando llega el deterioro de sus padres y son los hijos los que, en una vuelta de 180 grados, se ocupan y cuidan de quienes lo hicieron en el pasado con ellos.

En las primeras páginas del libro se refleja el mundo deprimente de los ancianos afectados por alguna demencia. “Muchas tardes vengo aquí, traspaso la cancela, atravieso el pequeño jardín y entro en el edificio de la residencia donde ahora vive mi madre, esa mujer que no recuerda que soy su hija. Suele alegrarse de verme: intuye que soy alguien querido, aunque no sepa con certeza quién. Me ha olvidado a mí, como ha olvidado la mayor parte de su propia vida“.

Si habéis comenzado la novela nos gustaría saber ¿qué os está pareciendo?.

Lo que olvidamos

Lo que olvidamos-LAIA OK.inddUna de las grandezas de la literatura es la facultad de mostrar la trayectoria vital de las personas y sus momentos más relevantes. Asombra la capacidad de los escritores para hacernos llegar la gran cantidad de situaciones y circunstancias de la vida y, sobre todo, las emociones que suscitan a los protagonistas y a nosotros, los lectores.

Muchos escritores relatan el proceso, casi siempre  difícil y prolongado, de la muerte de sus progenitores. Soledad Puértolas y Marcos Giralt Torrente;  Richard Ford  y Helen Macdonald, por citar algunos, hablan de la necesidad de volcar en palabras ese tiempo y el duelo que conlleva.

Puede parecer que todos hablan de lo mismo, pero nada más lejano de la realidad. Ante un hecho tan universal e ineludible los relatos son diversos y particulares.

Paloma Díaz-Mas visita a su madre que ha perdido la memoria. Como la mayor parte de los que viven en la misma residencia, que saludan pensando que vienen a verlos a ellos, ha olvidado. Las horas que pasa junto a ella  la llevan al pasado familiar y personal – “su falta de memoria estimula mi memoria”-. La vida en la casa, cómo eran sus padres, la gente de alrededor, sus estudios, sus amigos…

Su mirada se detiene siempre en uno de los ancianos. Cree conocerlo, está segura de que su cara corresponde a alguien relevante de la Transición política española. Esto hará que lo olvidado en el plano político y colectivo de entonces, al haberlo vivido, vuelva con ella también de protagonista.

De esta manera, “gracias a esta mujer que apenas recuerda nada de su vida empiezo a reconstruir mi historia y la de un país que ya no existe: el nuestro, hace unos años”.


Paloma Díaz-Mas

Estudió Filología Románica y Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, donde se doctoró con una tesis sobre poesía sefardí. Actualmente es profesora de investigación del Institpaloma-diazuto de Lengua, Literatura y Antropología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas  (CSIC) de Madrid. Ha sido catedrática de literatura española y sefardí en la Universidad del País Vasco y profesora visitante de la University of Oregon y la Brigham Young University, y Felice Massie’s Visiting Professor en la Washington University in St. Louis (Estados Unidos). Comenzó a escribir a los diecinueve años con un libro de relatos, ganadora del Premio Herralde en 1992 y el Premio Euskadi de literatura en castellano en el año 2000. Ha publicado las siguientes novelas:

  • El rapto del Santo Grial
  • El sueño de Venecia
  • La tierra fértil
  • Nuestro milenio
  • Una ciudad llamada Eugenio
  • Como un libro cerrado

También ha colaborado en dos antologías de cuentos coordinadas por Laura Freixas, Madres e hijas (2002) y Cuentos de amigas (2009).

Comenzamos el mes de marzo con “Lo que olvidamos“, una novela sobre la desmemoria no solo la de la madre, afectada por una dura enfermedad, si no la de la propia narradora en el día a día y la de un país.

Esperamos vuestros comentarios.