El manuscrito de fuego. Luis García Jambrina

Francés de Zúñiga, bufón de Carlos I y en la última fase de su vida desplazado a Béjar por voluntad del emperador y dedicado al servicio de los duques de esa localidad salmantina, es apuñalado en plena calle. A resultas de ese ataque, muere unos días después. La emperatriz, que está pasando una temporada en Medina del Campo y para quien D. Francés era una persona muy querida, hace llamar a Fernando de Rojas para que actúe de pesquisidor en este caso y averigüe las causas del crimen y la persona o personas que hubieran intervenido en este suceso.

Fernando de Rojas, el célebre autor de La Tragicomedia de Calisto y Melibea, vive retirado en Talavera de la Reina tras haber actuado con éxito como pesquisidor en otros dos casos por encargo de la corona y que el autor de la novela nos narra en sendas novelas: El manuscrito de piedra y El manuscrito de nieve. El manuscrito de fuego sería la tercera entrega de esta serie que tiene como personaje central a Fernando de Rojas. Las pesquisas de Fernando le llevan de nuevo a Salamanca, una ciudad muy conocida por él, puesto que allí estudió, vivió y se enamoró en otra etapa de su vida. Esta nueva aventura deparará a Fernando de Rojas alguna que otra sorpresa que tiene que ver con su pasado y que sin duda, condicionará su futuro.

Como habitante del entorno por el que se mueven los personajes, la novela me ha resultado muy atractiva, puesto que discurre en escenarios que me resultan conocidos lo que ha añadido un plus de enganche a una lectura que por otra parte se hace amena y muy entretenida. Página a página, nos iremos acercando a las circunstancias que rodearon el crimen, iremos conociendo y aprendiendo a apreciar a la víctima, y lanzaremos, sin duda, nuestra propia hipótesis sobre el posible asesino, algo cosustancial a todas las novelas de trama policial.

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Valora y comenta “La ofrenda”

Llegamos al final de septiembre y queremos que valores y compartas con otros lectores la lectura de la última novela de Gustavo Martín Garzo, La ofrenda.

Algunos de los temas de “La ofrenda”

Llegamos en esta semana al final de nuestra lectura compartida de la última novela del escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo,  y en este último post, queremos destacar algunos de los temas que subyacen en ella.

El amor, el sentimiento amoroso, la búsqueda de la felicidad como un borracho que busca su casa y no la encuentra. En las relaciones de Patricia Ayala con Gonzalo, con Christophe , asistimos a ese fracaso del amor, a la búsqueda de la felicidad, pese a todo.

El deseo, las relaciones sexuales, no sólo las que mantiene Ayala con el médico en San Sebastián o con el aventurero en Taboada, también las imaginadas (¿o reales?) con los futbolistas, con Abdu. El esplendor amoroso que enciende el cuerpo de los hombres y esa mirada del hombre a la mujer, fascinado por la casa, pero que no quiere conocer quién vive dentro. El cuerpo de la mujer que embelesa y es completo por sí mismo.

La música; sobre todo la del Príncipe Gesualdo, un ser humano que destruye y crea, capaz de lo mejor y de lo peor, como lo somos, por otra parte, todos los hombres.

La extinción, la pérdida de la inocencia, de la naturaleza primigenia y los seres que la habitan, representada en la isla volcánica, Taboada. Dos mundos, la civilizada San Sebastián y la salvaje y libre isla (imaginaria) de Madagascar, donde los deseos más reprimidos pueden ser satisfechos.

Avenida de los Baobabs, Menabe (Madagascar). Romona Robbins.

 

El agua, el mundo acuático versus el mundo terrestre, lo escurridizo, viscoso y anhelante frente a lo sólido, inamovible y áspero.

La culpa y su redención que todos buscamos o con la que nos engañamos, para seguir viviendo, pese a nuestros pequeños o grandes errores y/o crímenes. La pena, la tristeza, la belleza y el sentido de lo trágico encarnado en la mujer hermosísima que es Patricia, ¿es más bella porque es desdichada o la desdicha y su belleza repelen a los hombres, los asustan?

El ¿sacrificio? de las sucesivas mujeres que cuidan del hombre acuático, aparentemente inmortal y, sin embargo, tan frágil (depende de los mortales para seguir viviendo, aunque sea de una manera artificial). La entrega de sus vidas a ese fin noble, elevado, la ofrenda de todo lo que han sido y de todo lo que son, y su permanencia, hasta el fin, en La Construcción.

Parque Nacional de la Montaña de Ámbar, Madagascar. Etiam Pitu.

Y, por último, ¿aceptar el cometido de Aurora/Rose, con sus circunstancias (permanencia en la isla, cuidado del ser acuático, vigilancia, reclutamiento de la siguiente mujer que continúe con su cometido) la verdadera ofrenda? ¿La muchacha joven que es Patricia cuando descubre la verdad y decide quedarse, es lo suficientemente madura (pese a su vida y sus pérdidas) para tomar esa decisión tan trascendente? ¿Es que la soledad que la embarga es más fuerte que la promesa de otra vida, quizás, más convencional, pero más luminosa, a la vista de todos?

Las fábulas, leyendas e historias de “La ofrenda”

Óleo. Savery, 1626

A lo largo de la novela de Martín Garzo la protagonista principal, Patricia Ayala, nos transmite historias, fábulas y leyendas que a ella misma le van contando el resto de personajes, o bien, historias que ella recuerda de su vida anterior a la llegada a Taboada, a La Construcción.  La propia leyenda del hombre que nada y que toma para sí, como ofrenda, a muchachas jóvenes; o la historia de los dodos. El relato de cómo se extinguió este animal confiado e inocente, se lo cuentan a Patricia por partida doble y dos hombres, Henri, en un aeropuerto, y Christophe, su amante:

(…) ni aún entonces los dodos desconfiaban de los colonos, y seguían acercándose a los barcos. Le pregunté a Christophe por qué lo hacían si sabían lo que les iba a pasar y me contestó riéndose que porque eran completamente bobos y aunque hubieran visto capturar y despedazar allí mismo a uno de los suyos, no eran conscientes del peligro que corrían. Por eso terminaron por desaparecer.
No me gustó que dijera eso, porque ¿acaso era yo boba por seguirle a todos los lados y confiar en él?”

Odalys, la cocinera con el ojo de cristal, es una hechicera que lo ve todo… Es ella la que le narra la historia africana de la princesa zulú Lindiwe a Patricia. Lindiwe, enamorada de un joven que pertenecía a una tribu rival, comenzó a tener dos vidas. Una era la que huía a través de un túnel para verse con su amante, la otra, permanecía en la cabaña y era obediente y sumisa con su padre. Hasta que se fue definitivamente, dejando a una versión de sí misma en el poblado, junto a su padre, el Rey.

(…) al transformarse en dos, ninguna de esas vidas estaba completa. Y así, si ella, la que se había ido, podía hablar, la que se quedó en el poblado era muda; si ella se convirtió en una mujer, la otra siguió siendo una niña. Si ella enseguida aprendió en compañía de su marido el arte de los negocios y de los cambios, la otra apenas sabía contar y se dejaba engañar por todos (…)

Pero pasan los años y, atenazada por la nostalgia, Lindiwe vuelve al poblado:

(…)era como si, al volver a encontrarse esas dos mitades, se hubieran vuelto a juntar formando esa persona única que era ella.

Pero, claro, parte de su vida se perdió. Y surgen las dudas.

(…) también le contaban que a veces se perdía en la selva y tardaba varios días en volver. Lo hacía llena de arañazos y con los vestidos manchados de sangre, pero siempre con una sonrisa en los labios y un brillo en los ojos, como si les dijera, no sabéis lo que pasa allí dentro. (…) Lindiwe empezó a preguntarse si la vida que había llevado esa desconocida no sería su verdadera vida, y si había hecho bien en cambiarla por esta que ahora tenía.

Hay episodios muy inquietantes y duros en la infancia de Patricia y una constatación, su madre no la quería, su madre fue infeliz por tenerla. Cuando llevaba a sus amantes a casa, metía a la niña Patricia en una habitación, le cosía un hilo desde el vuelo de la falda a las cortinas (porque no se podía cerrar desde fuera) y le hacía creer que, si se soltaba, pasarían cosas terribles.

El hilo qué era, por qué no puedo dejar de pensar en él.  Me impedía salir de la habitación, me obligaba a permanecer aislada por un tiempo que se me hacía interminable. Sin embargo, me gustaba que fuera mi madre quien lo cosiera al bajo de mi vestido y a la cortina del cuarto. Era como si dijera que le pertenecía, que podía hacer lo que quisiera conmigo. ¿Para qué habría querido salir de allí? Lo único que quería es que no dejara de amarme, que no me abandonara.

Todas las historias, las fábulas, las leyendas; así como las escenas de la otra vida de Patricia (¿acaso como la vida de la princesa zulú, desdoblada en dos, sin saber a cuál pertenece?) tienen una fuerte carga de significado y aportan matices y textura a la aventura vital de nuestra protagonista, a su carácter, a su manera de sentir y conducirse.

¿Cuál ha sido la historia que más os ha sorprendido, conmovido o llamado la atención?

La influencia de La Bella y la Bestia

Todas las búsquedas que realizamos en internet sobre La ofrenda de Gustavo Martín Garzo, nos remiten a la película de Jack Arnold  La mujer y el monstruo (el propio autor lo reseña al final del libro), una versión del cuento clásico de La Bella y la Bestia, en la que se narran los amores entre una hermosa mujer y una extraña criatura acuática. La cubierta de la novela es un fotograma de esa cinta, en ella observamos a una mujer en traje de baño, aterrorizada ante la visión del monstruo.

Y sí, la película de Guillermo del Toro, La forma del agua, está inspirada también en la fábula de La Bella y la Bestia, “pero no ha habido influencia, este mito rondaba en mi cabeza desde hace muchísimo tiempo”, relata Martín Garzo en sus entrevistas y en nuestros encuentros. Y no, la novela de Garzo y la película de Guillermo del Toro, no se solapan. La literatura, el cine, las fábulas, los cuentos clásicos, todas las influencias están ahí para inspirar a los escritores, a los cineastas, a los artistas. Y dan frutos fecundos, y distintos.

En esta novela, se exploran los matices del amor, del deseo, del sexo. La atracción hacia lo otro, hacia la oscuridad, hacia ese extraño mundo acuático, metáfora de vida y de muerte.

¡Qué poco sabíamos de nuestros deseos! El cuerpo que teníamos en la oscuridad no era el que veíamos en el espejo. Era un árbol,  una colonia de esponjas, un mono insaciable, un pez mudo, una bandada de esas palomas rosadas (…)

Sólo los niños saben amar. Sólo ellos son capaces de entregarse por entero a alguien, de olvidarse de todo por estar a su lado.

Consentir para complacer a los que amábamos ¿no era la cualidad suprema de lo humano?

¿Volveríamos alguna vez a las praderas sumergidas donde nos habíamos acariciado? No, no volveríamos. (…) Las personas siempre están solas; incluso cuando se aman lo están.

Todos los hombres tienen miedo a las mujeres. Somos como un jarrón que no saben por dónde coger. Somos complicadas las mujeres, muy complicadas, es cierto, pero tampoco los hombres se esfuerzan mucho por comprendernos. El amor para ellos es como ver una casa por fuera, pero ¿quieren saber quién vive dentro?

En este viaje a Taboada, huida hacia delante de Patricia Ayala, todos conocen la leyenda del hombre que nada y rapta a muchachas a las que, tras liberarlas y regresar a sus casas, nunca más vuelven a ser ellas mismas.  ¿Cuántas Bellas conviven en la isla? ¿Cuántas extrañas criaturas?