El maestro y el discípulo: Chandler y Black

Raymond Chandler (1888-1959 arrastró sus traumas a lo largo de una travesía vital que le llevó de un lado a otro, tanto en su acepción geográfica como existencial. Desde su Chicago natal viajó a Inglaterra, donde estableció las bases de su formación literaria y quizá el germen de su vocación como escritor. Luego recorrería Europa y participaría en la Primera Guerra Mundial como soldado, en Canadá, para volver a instalarse en California hasta su muerte. Su ineptitud para ejercer como funcionario militar le llevó hasta los inciertos caminos del periodismo y posteriormente lo condujo hacia la literatura, aunque hubo épocas en que realizó variados y diversos trabajos temporales. Su adicción al alcohol y la dependencia de su madre proporcionarían material suficiente a analistas y psiquiatras. Su estilo literario se determina por su carácter sintético y preciso como evidencian las detalladas descripciones de la ciudad de Los Ángeles y su periferia: las calles y los moteles, los casinos y clubs de lujo o alterne, las suntuosas cafeterías y restaurantes, las ostentosas mansiones y las viviendas más modestas…

Leer a Chandler es viajar por la California de los años 30 y 40, y percibir el glamour de las fascinantes criaturas engendradas por un Holywood que empezaba a brillar como meca del cine. En nuestra novela, como en otras, se puede sentir el calor y sequedad del ambiente, el sudor insoportable que pega la ropa al cuerpo y el peligro de coger el volante de un coche aparcado al sol. Ya dijimos que él defendía la calidad literaria de sus obras y la elegante belleza de su prosa. Quizá su mayor logro sea haber acertado con el tono y registro lingüístico de su irónico narrador, personaje y testigo, Philip Marlowe: una mezcla de lenguaje literario y coloquial, lleno de modismos, expresiones populares y argot callejero. Maestro en el arte de escribir diálogos, su talento le sirvió para colaborar en numerosos guiones cinematográficos en una época donde eran los grandes escritores los que realizaban ese trabajo. Marlowe es ya un mito literario, lo que es tanto como decir que vive en la memoria de muchos de nosotros, sus lectores.

Benjamin Black

Como ya sabemos éste es el alias que utiliza la segunda personalidad de Jonh Banville. Cuando éste decidió emprender esta aventura literaria –como él la llama- quizá lo hizo tanto por diversión como por intereses más espurios. Pero sea como sea, es buena literatura, muy cuidada en su estructura y estilo. Con Banville ya nos conmovimos con la profundidad sentimental de sus historias y la autenticidad de sus personajes. También disfrutamos con su estilo elegante, moroso y poético -que ha de degustarse despacio, como un buen vino- mediante el cual accedemos a los universos íntimos, entrañables y en ocasiones dolorosos, de sus criaturas. Lo que hace Black es utilizar todo ese arte para contar una historia con una trama criminal que ha de desvelar un detective. Sus dos grandes logros son, como suele ser habitual, la creación de un protagonista muy singular, y de un ambiente que sirva de marco a la acción, la encuadre y haga significativos los espacios donde se desarrolla el argumento. En 2006 aparece el primer libro firmado por Benjamin Black: El secreto de Christine. Le siguieron otros seis más. El séptimo es el nuestro, La rubia de ojos negros (2014), fruto también del espíritu aventurero de su autor, como él mismo afirma. Pues si atrevido es dividirse en dos para probar un género diferente al propio, más lo es hacerlo imitando a tan gran maestro. Pero Banville opina que cuanto mayor se es, más locuras se tienen que hacer. Como se ve, su espíritu es muy joven.

Su detective se llama Quirke, un médico forense que combina su profesión con la de colaborador de la policía, de modo que además de diseccionar cadáveres para descubrir la causa de su muerte, fragmenta y examina los detalles del crimen con su mente racionalista e intuitiva. Es un ser solitario y melancólico, que acarrea el recuerdo infantil de sus infortunios en el orfanato y un amor imposible en su presente adulto. Su habitual compañera es la copa de whisky que bebe lentamente mientras reflexiona sobre las cosas que pasan. ¿A quién recuerda?

El marco de la acción de sus relatos negros es el Dublín de los años 50, habitado por una casta mediocre y conservadora en la que los valores del catolicismo impulsan a sus ciudadanos más reputados a la hipocresía más absoluta. Su enfermedad moral se manifiesta en el crimen como síntoma de la represión que los rígidos códigos religiosos, sociales y económicos imponen a los miembros de aquella sociedad. Quirke –como Marlowe- desbarata los mecanismos del poder y desvela sus secretos: los celos, las infidelidades, las estafas… Es decir, la esencia de la verdadera y desdichada naturaleza humana. Y mientras Quirke investiga e interroga a los personajes, la niebla densa y la humedad persistente también ocultan, nublan y empapan ropas, sentimientos e ideas. Quizá esto sea lo mejor de las novelas de Benjamin Black, la atmósfera que todo lo envuelve y aprisiona: espacio, tiempo, personajes y acción. Y al lector, claro está. Pero tuvo un gran maestro, no lo olvidemos. Aunque la seca California no sea la húmeda Irlanda. ¿O quizá se ha buscado, precisamente, eso, el contraste?

Algunos detalles de la novela de Chandler, El largo adiós (1953), considerada como una de las mejores, se reconocen en La rubia de ojos negros, que leemos en nuestro club. Y aunque las bellísimas mujeres –más o menos fatales- que acompañan a Marlowe en su caso suelen lucir melena pelirroja enmarcando un rostro de piel blanquísima, nuestra exótica y enigmática dama es rubia, elegante, atractiva y misteriosa. Y con los ojos negros, como el género y el apellido del creador de todo lo que el relato contiene: la historia, el ambiente, el detective y la trama.

Y como homenaje a la imaginación cerramos esta parte con una cita bastante provocativa de Jon Banville:

Me lo invento todo. Investigo poco o nada, pues me da pereza. La investigación mata la ficción”

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