El estado, la democracia y la gestión de los miedos. Separados, pero juntos

En los siguientes capítulos reflexionamos acerca del miedo a la inseguridad y la creación de guetos de separación en las ciudades.

3. El Estado, la democracia y la gestión de los miedos

Los países desarrollados vivimos en algunas de las sociedades más seguras que han existido jamás. Aun así, somos precisamente nosotros los que más amenazados, inseguros y atemorizados nos sentimos; somos los más miedosos y los más interesados en todo lo que tenga que ver con la seguridad y la protección, mucho más que los habitantes de la mayoría de las sociedades conocidas. Los miedos específicamente modernos surgieron durante la primera oleada de liberalización más individualización, cuando se aflojaron o se rompieron los lazos de parentesco y vecindad. El modo de manejar el miedo de la modernidad sólida consistió en sustituir los vínculos naturales dañados por sus equivalentes artificiales en forma de asociaciones, sindicatos y agrupaciones; la solidaridad ocupó el lugar de la pertenencia como escudo principal. La desaparición de la solidaridad escribió un final para ese estilo de gestionar el miedo propio de la modernidad sólida. Como ocurre con la gente sin trabajo, los delincuentes ya no son vistos como individuos excluidos temporalmente y destinados a ser reeducados. Se les considera más bien individuos marginados a perpetuidad, destinados a permanecer para siempre separados de los ciudadanos respetuosos con la ley.

miedo

4. Separados, pero juntos

Nuestras ciudades están dejando rápidamente de ser un refugio frente a los peligros y se están convirtiendo en su principal fuente. Separar y mantener a distancia se ha convertido en la estrategia más habitual en la lucha urbana por la supervivencia. La línea a lo largo de la cual se trazan los resultados de esta lucha se extiende entre los polos de los guetos urbanos voluntarios e involuntarios. Los residentes sin medios, considerados por el resto como amenazas potenciales para su seguridad, suelen verse obligados a abandonar las zonas acogedoras y agradables de la ciudad y acaban apiñados en barrios separados, parecidos a guetos. Quienes pueden permitírselo compran su casa en escogidos barrios apartados, también parecidos a guetos, e impiden que se establezcan los otros y hacen lo posible para desconectar su mundo cotidiano del resto de los habitantes de la ciudad. Sus guetos voluntarios se transforman cada vez más en las avanzadillas o guarniciones de la extraterritorialidad. Quien se lo puede permitir adquiere una residencia en una urbanización, una ermita situada físicamente dentro de la ciudad, aunque social y espiritualmente fuera de ella. Las comunidades cerradas se imaginan como mundos aparte. La publicidad las presenta como un modo de vida total, lo que supondría una alternativa a la calidad de vida ofrecida por la ciudad y a sus espacios públicos degradados. La valla separa el gueto voluntario de los ricos y poderosos de los incontables guetos forzosos en que viven los desheredados.  Para los habitantes del gueto voluntario, los demás guetos son lugares a donde “no vamos”. Para los habitantes de los guetos involuntarios, en cambio, el área donde se encuentran confinados es el espacio del que “no se nos permite salir”.

gueto

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