Herejes; de La Habana a Amsterdam, del presente al S.XVII

Seguramente, una de las cosas que más nos llamen la atención de la estructura de la novela de Padura sea este lapso histórico y narrativo que conforma la segunda parte de Herejes (“El libro de Elías”), que a nuestro parecer rompe el ritmo de la novela pero, irónicamente, al mantener ciertos elementos que siguen vinculando la trama con la historia global del libro, hacen que el lector tenga la sensación de estar leyendo una novela dentro de otra pero siendo conscientes de la relación íntima entre ambas tramas.

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“El artista en su estudio” de Rembrandt

En el “Libro de Elías”, nos trasladamos a Ámsterdam, la Nueva Jerusalem de los judíos, entre 1643 y principios de 1648, y nos encontraremos con la narración de los hechos que acaecen entre entre sus 17 y 21 años a Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, un joven sefardí que en contra de los preceptos rigurosos de su religión, consigue de manera clandestina y a espaldas de su familia y amigos, convertirse en alumno y posteriormente amigo intimo del ya famoso pintor holandés Rembrandt.

Leonardo Padura nos ofrece un conocimiento exhaustivo del mundo efervescente que se daba en la ciudad de Amsterdam a mediados del siglo XVII, sobre la vida de los pintores holandeses, especialmente de Rembrandt. En la interesante entrevista que os enlazamos al final de esta entrada, realizada en Miami a Padura, podremos escucharle una parte del relato de su trabajo de investigación por tierras holandesas… no tiene desperdicio:

….Eufórico, realizado, expectante llegué ante la puerta de madera que el maestro pedía mantener cerrada siempre que él estuviese trabajando. Como por fotos y lecturas conocía toda la estructura y distribución de aquella casa donde ponía mis pies por primera vez, tenía una idea muy detallada del sanctasanctórum, de la forma de sus grandes ventanas de vidrios emplomados, de la existencia de cortinas móviles accionadas por roldanas para aumentar o atenuar la luz de acuerdo a las necesidades del artista y de una estufa con columnas labradas de hierro fundido (que ahora sé con mi piel, expuesta a la inclemencia con que nos recibió Ámsterdam, por qué en tiempos del pintor nunca se apagaba mientras se vivían los largos y húmedos inviernos holandeses). Había visto en varias imágenes la disposición ideal, museográfica, del caballete, los potes de pinturas, los pinceles y paletas de diversas formas, réplicas de los utilizados por el pintor.

Pero esa mañana, frente a la puerta del estudio (cerrada como si en su interior trabajara el maestro) estaba una de las muy discretas mujeres que custodian la casa museo y al preguntarle (sabiendo la respuesta) si aquellas no eran las puertas que daban acceso al salón de trabajo de Rembrandt, la señora me dijo que sí, efectivamente, aunque durante toda esa semana la entrada al estudio estaba vedada por… No pude oír lo que la custodio me decía. ¿Cómo, cómo era posible que hubiéramos viajado desde La Habana hasta Ámsterdam para ver aquel preciso estudio y, entre tantas semanas del año, del siglo, de la vida, llegáramos allí justo la semana en que la entrada al dichoso sitio estaba vedada?

Lo que ocurrió después ha borrado de mi memoria la idea exacta de lo que sentí en ese momento. Por supuesto, debió ser una mezcla terrible de frustración con deseos de matar a alguien, pero sí recuerdo que me alejé de las puertas clausuradas y me fui a un rincón del recinto donde se almacenan algunos de los muchos objetos (naturalia y artificialia, les llamaba él) que atesoró Rembrandt y que han podido ser rescatados o sustituidos por similares (lanzas africanas, caracoles exóticos, máscaras indonesias, carapachos de tortuga, globos terráqueos, bustos de mármol, etc.) luego de la dispersión provocada por el remate público de todas las pertenencias del genio desahuciado. Pero, sin yo saberlo, mientras rumiaba mi frustración, en aquellos minutos había comenzado el gran momento de Lucía.

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Amsterdam: La calle Jodenbreestraat, donde se localiza la Casa Museo de Rembrandt, en 1884.

Debo advertir ahora que tal vez uno de los rasgos característicos de mi mujer es su timidez. Aunque es una persona perfectamente sociable, buena bailadora, terca cuando decide serlo, su timidez y alto sentido del ridículo a veces la superan… Pero ese mediodía fue ella la vencedora de su propia personalidad pues, siempre sosteniendo el diálogo en inglés, le preguntó a la custodio la razón de la clausura del taller, y supo que allí dentro se estaba trabajando en una delicada restauración de una pieza de Caravaggio que pronto se exhibiría en Ámsterdam. Y con un Caravaggio allí dentro y dos especialistas trabajando, bajo ningún concepto podía acceder al estudio nadie ajeno a la labor. Entonces Lucía le explicó a la custodio la razón de nuestra presencia allí, ese día, esa semana, con aquel frío capaz de congelar a un cubano: “Mi marido –le explicó- es escritor. Está escribiendo una novela en la que aparece Rembrandt, muchas veces trabajando en este estudio y… nosotros hemos venido desde Cuba, desde Cuba –repitió, pues desde Cuba nadie va hasta Ámsterdam con el propósito esencial de visitar el estudio de Rembrandt- para que mi esposo pueda ver ese estudio y terminar su novela” (y no sé si hasta le habló de mis obsesiones y manías)… Las razones de Lucía tal vez fueron comprendidas por la custodio, o tal vez no -¿todo no sería un cuento?, ¿cómo ligan un escritor cubano y Rembrandt?- pero en cualquier caso la decisión de no dejarnos pasar era inviolable, a pesar de lo cual Lucía insistió, buscando alguna alternativa, y siguió haciéndolo hasta el instante en que se abrió la puerta del estudio y salió de su interior uno de los especialistas que allí trabajaban. Fue entonces que la custodio, quizás conmovida con la fatalidad de ese escritor cubano que según su mujer escribía sobre Rembrandt y viajaba desde La Habana para ver aquel sitio preciso, le dijo a Lucía que tal vez el especialista… y Lucía se lanzó a la súplica.

Si aquel día el estudio de Rembrandt hubiera estado abierto al público como cualquier jornada normal, mi conocimiento del lugar hubiera sido el de un visitante más del museo: el recorrido del estudio calzado por unas (bastantes, en mi caso) informaciones previas, la grabación escuchada en la audio-guía del museo, la lectura posterior del libro que compramos al abandonar la casa de la Jodenbreestraat. Pero la presencia de dos especialistas en pintura barroca, conocedores íntimos de aquel estudio y de las técnicas pictóricas de la época en que funcionó, resultó ser una coyuntura providencial, pues cuando el conmovido restaurador nos permitió el acceso al salón donde funcionaba el taller del gran maestro, nos regaló a Lucía y a mí toda una explicación de cómo se movía Rembrandt por el sitio, las posiciones en que colocaba el caballete según los grados de la luz de acuerdo a la hora del día o la época del año, el lugar dónde ubicaba la gran paila de hierro en la que se hacía un fuego para que con esa iluminación pintara de noche, los modos en que funcionaban las cortinas móviles de los ventanales y los ángulos en que solía colocar los espejos para realizar alguno de las decenas de autorretratos realizados por Rembrandt en sus veinte años de trabajo en aquel lugar. El sitio donde, transgrediendo límites que tocaban la herejía, Rembrandt y un joven judío de aquel barrio de Ámsterdam colaboraron en el intento de pintar “del natural” el rostro de Cristo”….

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Rembrandt: “Los peregrinos de Emaus”.

El escritor cubano agudiza su ingenio para, con un dominio narrativo impresionante pero con un componente filosófico / existencial nada desdeñable, ir contándonos las peripecias de este joven que percibe su habilidad con la pintura como un regalo de Dios frente a las leyes de su comunidad. La segunda herejía cometida por Elías, fue servir de modelo para el retrato de la cabeza de Cristo que realizara el maestro holandés. Este retrato, que Rembrandt regalará a su joven aprendiz abandonará entre sus pertenencias la tierra prometida de Amsterdam cuando la comunidad judía descubre la injuria, la blasfemia, la herejía cometida por el joven pintor y que le conllevará su auto-expulsión de la comunidad.

Evidentemente, este cuadro que Rembrandt regala a Elías Ambrosius Montalbo de Ávila es el retrato que después de muchas vicisitudes llegará a ser propiedad la la familia Kaminsky y será el mismo retrato que cruzará el Atlántico para llegar a Cuba y tener que enfrentarse a la sagacidad de investigador Mario Conde para dar respuesta la misterio sobre la desaparición del lienzo.

En la primera entra en el blog sobre  esta historia descubríamos a nuestro primer Hereje, Joseph Kaminsky, ahora tenemos a nuestro segundo personaje que en busca de la justicia y la libertad comete una supuesta herejía: Elías Ambrosius Montalbo de Ávila.

Os emplazamos para la próxima entrega del esta historia en la que descubriremos un interesante e inesperado nuevo quiebro narrativo.

Leonardo Padura; Conferencia «La Libertad como Herejía» en la que podremos encontrar muchas de las claves de esta interesante novela:

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